La barbarie volvió a instalarse en Coatzacoalcos. Cinco personas -tres hombres y dos mujeres- fueron asesinadas a sangre fría este mediodía en la colonia María de la Piedad; otras dos quedaron heridas de gravedad. No fue un “incidente”, fue una ejecución múltiple en plena zona urbana.
El ataque ocurrió en un despacho jurídico sobre la avenida Lázaro Cárdenas del Río, esquina con Abasolo, frente a las oficinas de Conciliación y Arbitraje, en el antiguo Puerto México. Hombres armados que se desplazaban en motocicleta ingresaron al edificio de departamentos y dispararon de manera directa contra quienes estaban dentro. No hubo advertencia ni intercambio, hubo ráfagas y muerte.
Tras consumar la masacre, los agresores escaparon sin oposición. El estruendo de los disparos desató el pánico entre vecinos y trabajadores que, impotentes, llamaron al 911 mientras los homicidas se esfumaban. La escena se repite; la violencia actúa; la autoridad minimiza.
Elementos de la Secretaría de Seguridad Pública y de la Guardia Nacional acordonaron la zona y desplegaron un operativo que, hasta ahora, no arroja detenidos. Patrullas y retenes recorrieron la ciudad después de los hechos, como si el ruido de las sirenas pudiera revertir la ausencia de prevención.
Paramédicos trasladaron a los dos lesionados bajo custodia a hospitales; su estado es reservado. En el lugar, peritos de la Fiscalía General del Estado de Veracruz levantaron los cuerpos y recogieron casquillos para integrar una carpeta más a la estadística.
El dato que agrava la escena es político. En esa misma colonia se encuentra la residencia de la gobernadora Rocío Nahle. La matanza ocurrió a unos pasos del poder estatal. No en una periferia olvidada, no en la madrugada, sino a plena luz del día y en el corazón de la ciudad.
Este es el Veracruz real, el de las ejecuciones en despachos, el de los criminales que entran y salen sin ser molestados, el de los operativos que siempre llegan después. La retórica oficial insiste en minimizar; la realidad responde con cadáveres. Y en Coatzacoalcos, la violencia dejó de ser noticia extraordinaria, sino rutina sangrienta.







