Angel Alonso Giménez/EFESalud

Y de repente el trabajo que tanto te gustaba ya no te gusta, la pareja con la que ibas a vivir toda la vida ya no está a tu lado, te molestan músculos que ni siquiera sabías que existían y no sabes absolutamente nada de aquel amigo-amiga que era inseparable. De repente, tienes 40 años. ¿Existe “la crisis de los 40”?

Vamos a hacer un flashback ahora…

Y de repente el trabajo te fascina, estás profundamente enamorado/a de una persona con la que vivirás siempre, no hay deporte o reto o gimnasio que se te resista y has podido demostrar que, sin lugar a dudas, tus amigos-amigas son los mejores del mundo. De repente, has cumplido 30. ¿Existe “la flor de la vida”?

La psicóloga Timanfaya Hernández Martínez, decana del Colegio Oficial de la Psicología de la Comunidad de Madrid, explica que en este tramo de edad adulta ni ese brillo es tan luminoso ni esa oscuridad tan tenebrosa. Lo ha hecho junto a los también psicólogos Mónica Sánchez Reula y Juan José López Marañón, reunidos por EFE Salud para hablar de la evolución de la psicología humana desde la adolescencia a la “tercera edad”.

Bienvenidos/as a la segunda parada de nuestro viaje. Este jueves, la peripecia de hacerse adulto, y luego, serlo.

Porque más importante que la euforia de los 30 y el abatimiento de los 40 es asumir que hay duelos y hay pérdidas.

“No me da la vida” o el significado de la pérdida

No es fácil crecer. Dejamos atrás la “tormenta” de la adolescencia, parece que el sol no se irá nunca, pero mejor saber cuanto antes que junto al disfrute y el gozo están la decepción y la pérdida. Avanzar por la edad adulta es aproximarse a momentos difíciles, decisiones que tomar, rumbos vitales que seguir.

Pero el contexto actual no ayuda, entre otros motivos, argumenta Hernández, porque el ritmo de esta vida de ahora es “tremendamente rápido”, y no sólo eso: es también enormemente exigente. “Queremos ser los mejores trabajadores, ser grandes padres, grandes madres, tener grandes actividades, relaciones sociales, cocinar bien, comer sano, hacer ejercicio… Eso no cabe en la vida”, enfatiza. 

Así que sufrimos pérdidas de toda clase. Pueden ser “situaciones físicas o enfermedades”, o “decepciones” de otras personas. De pronto, descubres que eres “vulnerable”. De pronto, descubres la vida.

Según indica la decana del Colegio de la Psicología de Madrid, por la edad adulta pasan, también, tormentas. Las llama “tormentas cognitivas”. Las define así: “una cantidad de pensamientos que nos inundan (…) y ante los que no podemos mirar a otro lado”.

Así que…

  1. Saber que hay pérdidas
  • Aceptarlas
  • Afrontarlas

Y nada de negarlo. Como dice la experta: “Hay una frase que es: ‘aquello que niegas, te somete’.

Dicho con más palabras: “A veces piensas que la vida va por un camino y las realidades son otras. Afortunadamente y desafortunadamente, la gente se junta, se separa, hay cosas que te salen muy bien, hay cosas que no te salen tan bien, y te vas enfrentando, según va pasando el tiempo, a todas estas dificultades”.

Saber qué es el duelo, saber que existen

No sabemos lo que es el duelo, o nos cuesta asumirlo. Conviene averiguarlo. O conviene asumirlo.

“Esto también es un tema muy adulto: tomar conciencia y decir ‘¿qué es lo que yo quiero?’ independientemente de que la sociedad me está lanzando una cantidad de mensajes a los que no soy capaz de llegar”. 

La psicóloga recalca que falta educación en gestión del duelo. “El tema del sufrimiento en la sociedad está muy estigmatizado. Se trata más cuando hemos empezado a hablar de salud mental, de salud psicológica, de cómo nos sentimos, pero yo diría que sigue siendo un gran tabú”.

Esa frase de “no me da la vida” significa justo eso, la constatación de la pérdida, pero otra frase viene a poner soluciones, en palabras de la experta: “dar la vuelta al jamón”. 

Lo explica: “Es una forma de decir ‘eh, a partir de aquí estás en la mitad de tu vida y ahora queda enfrentarte a qué es lo que va a ser de aquí en adelante’”.

Cuidado con ‘patologizar’ todo

¿Qué es lo que quiero? ¿Dónde me gustaría estar?

Una de las ventajas de vivir en esta parte del mundo es que muchos y muchas de nosotros nos podemos plantear estas cuestiones, revisar la existencia incluso, atisbar nuevos campos, buscar los caminos para llegar a ellos. Reinventarse.

Lo que no quita una advertencia: “Ojo con esas preguntas. En consulta digo mucho que ‘ojo con las preguntas abstractas’ porque pueden descabalar nuestra cabeza”, incide la especialista. En otros términos, no es positivo estar removiéndolo todo todo el rato, rumiar las cosas sin cesar.

La paradoja actual, en lo que concierne a salud mental, es que aflora su cuidado, la sensibilidad al respecto, también el respeto, pero al mismo tiempo emerge cierta confusión alrededor de la ansiedad o de la depresión.

Se trata de “un exceso de patologización”, en palabras de Hernández. “Estamos patologizando la vida”. Mal negocio “patologizar emociones que son absolutamente normales”, añade.

Y la trampa de “la flor de la vida”

Estar en “la flor de la vida” conduce a una sensación de vida de plena a pesar de que la realidad confiere (o pude conferir) lo contrario.

“Se supone que has alcanzado tener un trabajo, una pareja; te puedes plantear o no tener hijos. Pero, ¿qué pasa cuando llegas a ese momento y a lo mejor no tienes trabajo, lo de la pareja funciona o no y no es tan magnífica como pintaban (la paternidad o la maternidad). Entonces, esos mensajes de que ‘estás en la flor de la vida’ son un poco culpabilizantes”.

De hecho, y he aquí la trampa, “hay mucha sintomatología” en la edad adulta, ansiedad y tristeza en “gente muy joven”. Una conclusión para pensar: “La mayor prevalencia de estos síntomas» se encuentran en el rango de población de 20 a 40 años.

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