Angel Alonso Giménez/EFESalud

Ser Harry Potter cuando en el mundo hay millones de personas que adoran a Harry Potter debe molar. O no. Puede ser una faena. El actor que puso cuerpo, cabeza y voz al aprendiz de mago más famoso de la historia, Daniel Radcliffe, ha dicho que no quiere que su hijo conozca la fama. Sin embargo, hay padres y madres que quieren lo contrario. ¿Por qué?

Raquel Huéscar es psicóloga y EFE Salud le ha preguntado qué lleva a los progenitores a desear que sus hijos/as sean famosos. El éxito, como sabemos en esta época de la historia de la humanidad, se nos presenta muchas veces como un lugar lleno de brillo, estrellas, autógrafos y dinero. Pero también puede ser una jaula, una prisión, un sitio asfixiante y oscuro. 

Padres y madres que proyectan sus sueños

Radcliffe dijo a la revista WSJ Magazine, en una entrevista recogida, entre otros medios por el diario El País (aquí el enlace que ha servido de base para este reportaje), que no quiere que su hijo de dos años sea famoso. Él, que fue muy pero que muy famoso, reconoce que la fama pudo haberle jugado malas pasadas de no ser por el equipo de la saga cinematográfica, los compañeros y compañeras de rodaje y sus propios padres, quienes le ayudaron a mantener los pies en el suelo.

Esto es importante porque, como afirma Huéscar, “para que un niño o adolescente llegue a la fama hay un adulto detrás”, alguien que “de alguna manera más o menos consciente desea que eso ocurra”. Al fin y al cabo, apunta, “a los niños los llevan a los castings sus padres, y ellos/as firman los consentimientos”. Zanja: “Les hace ilusión ver a sus hijos de esa forma”.

¿Qué provoca este deseo? En el documental ‘Miss Americana’, sobre la vida de Taylor Swift, se ve cómo la niña que llegaría a ser una estrella mundial cruzó un trecho de su infancia de escenario en escenario y de concurso en concurso.

La psicóloga señala que, “aunque no suelen ser conscientes”, los padres y madres “proyectan sobre sus hijos sus propios sueños o frustraciones”. Ojo con esto, ya que dicha proyección puede “dejar atrapados a los hijos, de modo tácito, en lugares que pueden ser frustrantes para la vida”.

En otras palabras: “El deseo frustrado de los padres acaba convirtiéndose en el éxito del hijo, dejándolo atrapado en un lugar que no le corresponde”.

Niños y niñas sin tiempo para ser niños y niñas

La fama, si llega pronto, se puede convertir en trampa. En palabras de Huéscar, niños y niñas que cantan, bailan, cocinan o actúan de “forma extraordinaria” no están jugando, no hacen lo propio de sus edades, que es jugar, sin duda, pero también “aburrirse y desarrollar, justo por eso, una gran creatividad. Lo que están haciendo es practicar “una actividad del mundo de los adultos”.

Si con esa actividad atraen millones de miradas de millones de personas, la fama “pone en riesgo la constitución como sujeto” de la persona. La admiración llega por “ser el mejor” o “rendir bien”, así que el peligro es “quedar atrapado” en un “lugar donde para ser querido has de ser perfecto o tener un buen rendimiento”.

Radcliffe, recuerden, dijo en la entrevista que sus padres habían sido fundamentales para que la fama no le arrastrara. Le sujetaron a la realidad. Esto es clave.

“En la gestión de la fama influyen mucho los vínculos de calidad”, sostiene la psicóloga, quien enumera las cosas buenas que pueden hacer los progenitores de hijos/as famosos. Cosas positivas como defender los derechos de sus hijos, entender que “necesitan llevar una vida acorde a su edad y a espacios al margen de obligaciones”, estar a su lado en “los malos momentos” y respetar “el deseo genuino de los niños”. 

Hijos que son diferentes a los padres

Huéscar considera que Daniel Radcliffe, al no querer para su hijo la fama que él tuvo de pequeño, ha entendido “algo fundamental”, que es que “los hijos traen algo nuevo, algo propio, genuino y diferente” respecto a los progenitores. 

“Es muy importante” otorgar a los hijos “libertad para elegir y poder ver al ser humano que tienes delante, sin proyectar demasiado los propios deseos”, sentencia.

Elegir por sí mismo la formación académica, la profesión, la pareja o un estilo de vida es “la gran tarea de individuación del ser humano”, y en ella, “habrá que determinar en qué se encaja con los padres y en qué no”.

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