Hay libros que regresan no porque el mercado los reclame, sino porque la realidad insiste en citarlos. La caída del prófugo es uno de esos textos cuya vigencia no proviene del tiempo en que fue escrito, sino del país en el que reaparece. México —y Veracruz en particular— tiene la costumbre de convertir la ficción en documento histórico y el documento histórico en un mal chiste. Quizá por eso este libro vuelve a escena: porque la actualidad continúa imitándolo con un entusiasmo casi literario.
Cuando José Antonio Flores Vargas publicó esta novela por entregas entre 2016 y 2017 en www.palabrasclaras.mx , muchos lectores la celebraron como un ejercicio juguetón de imaginación política. Otros sospecharon que aquella imaginación era demasiado precisa, demasiado cercana, demasiado incómoda, algunos más insistieron en la locura del autor. Pero la literatura, cuando funciona, siempre se parece a algo que ya conocemos, aunque nadie quiera admitirlo. Y esta obra, sin proponérselo, terminó convertida en un espejo con memoria larga.
Los personajes de La caída del prófugo se mueven entre caballerizas de lujo, oficinas discretas donde circula más dinero que aire, y paisajes europeos donde la niebla vuelve todo más hermoso excepto la mala conciencia. Son criaturas que viven entre la astucia y el encanto, entre el cálculo y el capricho. No están basados —faltaba más— en ninguna figura pública mexicana, aunque la realidad insista en arrojar paralelismos que ningún autor se atrevería a inventar sin arriesgar su credibilidad.
Relanzamos este libro precisamente ahora porque, la semana pasada, una sentencia judicial nos recordó que la justicia mexicana es tan coherente consigo misma que ya parece una tradición folclórica: la tradición del absurdo. El intento fallido del exgobernador Javier Duarte por recuperar la libertad, aun habiendo cumplido casi toda su condena, reabrió conversaciones que parecían enterradas. Y, como suele ocurrir, esas conversaciones se parecen sospechosamente a escenas narradas en estas páginas. No porque la novela sea profética, sino porque nuestro sistema político recicla guiones con una disciplina que ya quisiera el teatro nacional.
Aquí reaparece Manu, el personaje que encarna esa mezcla tan reconocible de oportunismo, carisma y ambición sin freno. Un hombre que prospera en un ecosistema donde las lealtades son muebles movibles y la ética, un lujo prescindible. Si el lector siente un cosquilleo de familiaridad, no se asuste: es el efecto secundario natural de vivir en México.
Este prólogo no pretende justificar nada, solo celebrar el regreso de una ficción que revela sin señalar y acusa sin nombrar. Porque la literatura tiene una ventaja sobre los tribunales: puede decir la verdad sin necesidad de demostrarla.
Volvemos a abrir este libro para invitar al lector a un ejercicio antiguo y casi ritual: leer como quien enciende una lámpara en una habitación conocida, esperando descubrir no lo que falta, sino lo que siempre estuvo ahí.
Bienvenido, otra vez, a La caída del prófugo.
Que la ficción ilumine lo que la realidad insiste en oscurecer.







