Antón Castro*/Letras Libres

La escritora mexicana reedita en el sello Contraseña sus dos primeras novelas: ‘La noche será negra y blanca’ y ‘Vestido de novia’.

Socorro Venegas (San Luis Potosí, México, 1972) es escritora y editora en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). La editorial Contraseña reedita sus dos primeras novelas: La noche será negra y blanca, editada en 2009, y Vestida de novia, que apareció en 2014.

La novelista que usted es, ¿de dónde viene: de la memoria familiar, de su madre que hablaba en nahuatl, del lugar de San Luis Potosí? Reedita en Contraseña sus dos primeras novelas: La noche será negra y blanca y Vestido de novia. 

En La noche será negra y blanca es una novela en la que estoy escribiendo del padre. Pienso en una frase de Luisa Valenzuela cuando dice que escribe con profundo respeto pero sin ningún pudor para escribir sobre sí misma. Y creo que eso es algo que yo también puedo decir de esos episodios vitales míos, de hablar de mi padre, de su alcoholismo, de su temperamento, podía ser un hombre muy explosivo, pero también podía ser un padre muy amoroso, alguien que se alejaba, se perdía, se iba, no sabíamos nada de él y volvía, y nunca olvidaba sus responsabilidades. Era un personaje-camaleón. Lo digo en la novela: ahí está el camaleón intacto. Hay un elemento vital en mis historias, pero también he tenido muy claro que lo que he querido escribir es ficción. Tomo esos puntos de partida muy míos, profundamente míos, pero los trabajo en clave literaria.

¿No le interesa hacer una historia familiar vinculada con su propia vida? 

No quiero hacer autobiografía, pero se cuelan cosas. Y en mis cuentos también me ocurre eso. Hay esos detonadores de algo que vi, que escuché, que viví, que me contaron, y a partir de eso escribo. Pero eso se va convirtiendo en otra cosa… Y es el trabajo que a mí más me gusta..

¿Cuál?

Ja, ja, ja. El trabajo fascinante de ver cómo mientras escribes eso se transforma en algo más que no sabías que tenías adentro. Cuando publiqué la novela andaba por los treinta años y no era muy consciente de estar haciendo algo muy orgánico porque, en La noche será negra y blanca, está el tema del duelo: la muerte de mi hermano, aquejado de una grave enfermedad.

Por cierto, eso le ha ocurrido a usted. Tuvo un hermano que se murió de leucemia a los nueve años.

Sí, sí. Y en La noche será negra y blanca no hablo de enfermedad pero sí de la muerte de un niño y estoy desde luego sublimando lo que pasó en mi historia familiar.

Usted cuenta el relato de la joven Andrea, que iba a buscar a su padre, toma una suerte de desvío y va a ver a su abuela, tan poderosa…

A mí me gusta mucho crear esos personajes femeninos que te hacen pensar en el linaje, en una sabiduría y en una trayectoria de vida que se vuelve como el poder de esas mujeres. Y a veces, son mujeres supervivientes, y ese es su poder. Haber podido atravesar una vida de muchas dificultades. En la novela, la abuela representa eso. Me interesaba mucho la reflexión sobre el linaje, y un linaje, además, sobre una historia inesperada que Andrea va a buscar. Esa necesidad de buscar en la historia y en la memoria es algo que atraviesa todos mis libros. Y en los cuentos de La memoria donde ardía también está…

Por cierto, ese libro de relatos, como sus dos novelas, las publica un editor de Zaragoza (Contraseña es de Zaragoza): Juan Casamayor, de Páginas de Espuma. 

Sí. Y es muy cariñoso conmigo. Ya ve qué importante es Zaragoza en mi vida. Por los editores, por los amigos, por mi cariño y admiración hacia Irene Vallejo y su marido Kike Mora, dos seres muy especiales. Alfonso y Paco, de Contraseña, han sido muy entusiastas y convincentes.

¿Su padre sigue vivo? 

Vive. Y sigue cambiando. Ya no es alcohólico. Sigue cambiando y sorprendiéndome. El mes pasado me regaló una bicicleta con canastita como si fuera una niña. 

Ja, ja, ja. No es un regalo nada desdeñable. ¿Qué le dice de sus libros? ¿Se busca, se encuentra?

Él no dice nada, yo tampoco se los he dado a leer. Sí, sabe, pero no sé si los has leído. No hablamos de eso, de mis libros, de que yo escriba o edite. 

¿De qué hablan?

De cosas muy domésticas. A él le encanta hablar de coches. No importa de que se esté hablando; él va a interrumpir en algún momento y derivar la charla hacia los coches. Dice que ha visto un coche, que le gustaría comprar porque tiene tal o cual característica, elogia el rendimiento, etc. Ahora está jubilado, ha sido funcionario público y ha trabajado como administrativo.

¿Qué le dejó esta novela? Habla de un mundo tempestuoso pero también busca la luz.

Cuando la escribí tenía una beca del Centro Mexicano de Escritores, todavía existían, y el modelo de trabajo era que había que ir a una sesión semanal con los dos tutores, Carlos Montemayor y el poeta Alí Chumacero, y yo trabajé todo un año, tuve que llevar cada semana avances de esa novela a esa especie de taller, y eran muy rigurosos los tutores, sobre todo Montemayor. Para mí fue un aprendizaje muy fuerte, la disciplina, avanzar, como fuese imprescindible, si no te quitaban la beca. 

Cuando leía el texto, ¿qué le decía Montemayor?

Era un crítico feroz. No éramos muchos becarios, pero con varios de ellos fue duro, muy duro. Puedo confesar que nunca me fue mal con él, porque hay una escena en la novela, donde Andrea le toma las manos al escritor y se las besa. Cuando leí esa escena, Montemayor levantó la vista y me dijo: “Si usted es capaz de escribir esto, hay grandes libros ahí que la están esperando”. Me acuerdo mucho de eso porque él no elogiaba. No era fácil que te dijese cosas agradables o positivas. Fue un aprendizaje de mucha disciplina, de constancia, no importaba si estaba enferma, si tenía algún problema, el libro se tenía que escribir. Y había otro factor: el otro tutor, que era un poeta, se centraba en el cuidado del lenguaje, y siempre he tenido esa conexión en mi escritura con la palabra poética. No porque tenga que llenar de metáforas un texto, pero sí por la mirada poética, algo que me importa mucho en lo que escribo como buscar lo esencial.

Sus libros son breves, más bien, también en eso podría deducirse que busca lo esencial.

Sí. No soy una autora que necesite muchas páginas para describir algo. Busco la contención, trabajar a la manera de los poetas, buscar la visión, lo esencial, y quedarme con eso. Creo que aprendí a conciliar mi voz narrativa con la mirada poética gracias a Alí Chumacero. Eso aprendí en la redacción de ese libro.

Vayamos con Vestida de novia. Parece que la muerte de su primer marido, Alan, la ha marcado por completo. Es para usted como un refugio, un lugar de análisis, de conocimiento y de turbación y dolor…

No diré que un refugio, pero sí que ya había una predisposición para que la pérdida, el duelo, la dolencia, fueran algunos de los temas sobre los que escribo por lo que pasó con mi hermano, también, ¿no? Ese tema de la enfermedad, que yo no había escrito tal cual. Había sobrevolado desde la ficción hablar de la muerte de un niño, la enfermedad en los niños, cómo la enfermedad acelera procesos de maduración en los niños, y al mismo tiempo se queda intacta una parte de pureza, de inocencia, cosas que yo viví en mi hermano. Entonces, cuando pasó lo de Alan, mi marido, mi pareja, queda este tema como apuntalado, se vuelve central para algunos libros, porque algo que ha ido pasando es que he ido explorando y escribiendo sobre otros asuntos que también tienen que ver con mis experiencias sobre el alcoholismo, las infancias vulneradas, la maternidad, pero la maternidad despojada de romanticismo. Eso me importa mucho… Entonces, en Vestido de novia parecería, y quiero decirlo así, parecería, que el tema una vez más era la muerte del marido, pero con ese libro hice algo que me ha gustado mucho: leerlo y permitirme cierta reescritura. 

Explíquenos eso… 

El alma de ese libro sigue intacta, pero hubo cosas que me interesa modificar en esta edición tan bella de Zaragoza. En La noche será negra y blanca no quité nada, pero con este hay otra cosa. Tengo una relación más orgánica porque ese yo que narra soy yo. Hay un personaje, pero allí hay algo que ha ido creciendo como yo he ido haciéndolo, ha madurado conmigo, y yo necesitaba repensar. Entonces, lo que sucede es que ahora en esta nueva edición, la voz del niño, la presencia del hijo tiene mucho más peso. Es la relación de Laura con su hijo y va quedando como asunto pendiente el duelo por ese marido,  Aldo. Lo que tiene que comprender Laura de esa pérdida lo comprende de la mano de su hijo en un movimiento que María Luisa Elío ha descrito muy bien…

¿María Luisa Elío?

Sí, sí, la escritora navarra, a la que García Márquez le dedicó Cien años de soledad. Va con su hijo de la mano, siente el dolor del exilio que, de algún modo, se parece también a perder el padre… Muchas veces es el niño el que sostiene a la madre y van aprendiendo juntos a concebir un lenguaje, ella para cerrar por fin ese capítulo, y el niño para nombrar a la madre, para nombrar el mundo, para nombrarse todo el horizonte que está ante él. Trabajé mucho con mi propia maternidad. 

No fue madre con Alan, ¿no?

No. No. Éramos muy jóvenes. Tengo un hijo de mi segundo marido, Efraín.

La muerte de Alan pasó hace más de veinte años…

Sí, sí, en la novela también quería dar la impresión de que había sucedido hace mucho tiempo. Y parece que está resuelto pero no… ¿Qué me iba a preguntar?

¿No le incomoda a él que usted regrese tanto a ese episodio? ¿No le ensombrece la convivencia con su marido? ¿No le dice, por ejemplo: “Socorro, estoy contigo todo el tiempo, somos felices, tenemos un hijo…, ¿por qué le das tantas vueltas al pasado”?

No. Nada. Nada de nada. Me lo han preguntado otras veces. Sabe por qué Alan no es una presencia en nuestra vida. Efraín entiende que lo que hago es escribir y no se mete nunca por ahí. Creo que él es vital y que es lo que nos mantiene juntos: él no me interpreta a través de mi escritura. Él no asume sentimientos a partir de lo que escribo. Sería tortuosísimo. Todo ese mundo anda en cuentos, diarios, novelas; la ficción tiene todas las posibilidades.

Entonces, ¿no es su primer lector, tampoco?

No, no. Yo no le doy a leer lo que escribo. He compartido cosas con él, le leo, pero no espero nunca de él una crítica literaria. No es su formación, y lo que tiene es un gran sentido común y es muy generoso.

No parece usted una mujer torturada pero viendo lo que escribe sí da esa sensación: hay una sombra enorme que regresa. 

Sí, sí, hay algo como un sentimiento de fatalidad allí. Me ha pasado muy cerquita la muerte a mi hermano, él tenía nueve años, y yo tenía once y vivimos cinco años su enfermedad. Íbamos conviviendo con eso: la enfermedad se lo lleva todo. Y cómo lo vivió mi madre: qué dolor. De esto estoy escribiendo ahora, y en este caso, todo es real. No hay ficción.

Demos un salto y a la vez sigamos hablando de infancias. Se acaban de celebrar los 125 años de Luis Buñuel. ¿Le ha marcado?

Desde luego. Mucho. Ese mundo suyo tan transgresor y poco convencional. Piense en una película como Él, con Arturo de Córdova, al que yo adoro. Buñuel es muy importante para México y para mí. Y a la vez hay películas que no podría ver…

¿Cuál, Los olvidados?

Sí. ¡Cómo lo sabe! Los olvidados, sí. Sé que está basada en un hecho real, que cuenta una historia terrible, con elementos oníricos, pero a mí se me hace un poco insoportable. Es una obra genial, claro, pero me conmueve ese dolor de los muchachos. 

En el pasado 2025 también se celebraba el centenario del nacimiento de una gran escritora mexicana, de la que José Saramago hablaba maravillas: Rosario Castellanos.

Es una pionera del feminismo en mi país. Es una escritora formidable. Como editora universitaria, la he editado y la he presentado en la Feria del Libro de Guadalajara, donde le hemos puesto un escaparate con sus obras y hemos organizado una mesa redonda. Nació en 1925 y murió en 1974 de una descarga eléctrica. Le escribió cartas a su marido y a su amor, el filósofo Ricardo Guerra. Él no contestó a ninguna de sus misivas. Nosotros publicamos un libro en la UNAM donde distintos alumnos universitarios hacían lo que no hizo Guerra: le contestaban. Es una escritora fabulosa y la tengo muy presente.

Como tiene a Francisco de Goya, ¿no?

Sí, sí, pero especialmente una obra suya: la serie de las Pinturas negras. Es lo que más me gusta y más me perturba de toda su obra. ¿Cuántas cosas, mundos, series, sociedades hay ahí dentro? Reconozco que me conmueve toda esa producción con sus fantasmas, sus terrores y su expresividad. ¡Y pensar que vivió con esos cuadros en la Quinta del Sordo!

*Antón Castro es escritor y responsable del suplemento Artes & Letras de Heraldo de Aragón. Entre sus libros recientes están Golpes de mar (Ediciones del Viento, 2017) y Cariñena (Pregunta, 2018)

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