Por Omar Piña

[Talento y disciplina de Julieta Ramos-Elorduy y José Manuel Pino Moreno]

Caminan, se arrastran o vuelan, pero se comen. Tienen alas, a veces múltiples patitas y suelen asarse para ir al interior de un taco. Los más representativos son los gusanos de maguey, los escamoles, los chapulines, los jumiles, las hormigas y avispas. Por tanto, departamos sobre los insectos que se transforman en alimentos. México está en una región subtropical y esa diversidad de hábitats permite abundancia de insectos que desde hace milenios fueron integrados al consumo humano.

¿Se le antoja un taco de gusano elotero? Hay diferentes maneras de preparar los insectos que provee la diversidad subtropical mexicana. La mayoría de los insectos que se consumen a la fecha son asados (73%), otros se añaden a las salsas de chile (32%), también van mezclados con algún guiso, como arroz o caldos (28%), o se vierten en el relleno de los tamales (14%) y algunos se fríen o se trituran para complementarse con especias. Las larvas de moscas acuáticas se consumen como tortitas y los jumiles, que son chinches, pueden masticarse crudos.

Como tal, los insectos no se cultivan y existen en gran variedad. Su aporte proteínico es alto, tienen valor nutritivo y por lo regular, se consumen enteros. Un punto más de consideración es que la depredación humana evita una sobrepoblación que de no controlarse, terminaría en plaga. En proporción, algunos insectos aportan mayor cantidad de proteínas, minerales y vitaminas que la carne de pollo, el huevo y la leche. Por ejemplo, una chinche aporta de 36% a 75% de proteína. Un escarabajo tiene hasta un 69%. Y a partir de la información proporcionada por laboratorio, deslicémonos a relacionar aportes nutritivos de los tacos que los indígenas mesoamericanos llevaban a sus bocas, hace más de quinientos años.

Antes del auge que los convirtió en la ciudad-Estado más poderosa de Mesoamérica, los aztecas fueron peregrinos. La tradición apunta a que partieron de Aztlán hasta llegar a las orillas de la zona lacustre de Texcoco y, en uno de los islotes, advirtieron una manifestación a la que dieron un origen divino. Aquello lo interpretaron como una señal para asentarse. Pero en su trayecto, ellos se alimentaron de lo que tenían alrededor. Practicaron caza y recolección. Y su principal fuente proteínica fueron los insectos, un alimento idóneo porque era fácil de localizar, colectar, preservar y almacenar. Cuando Tenochtitlán alcanzó su mayor esplendor, los insectos formaban parte de la dieta mexica.

Del alto consumo de insectos entre los aztecas no sólo hay fuentes escritas y recetarios. Es profusa la toponimia que aún nos rodea, una muestra, Chapultepec es “cerro de chapulines” y Atzcapotzalco es “lugar de hormigas”. Son numerosas las leyendas prehispánicas donde los personajes que intervienen son los insectos y también están representados en los códices. En aquella Mesoamérica los insectos eran abundantes y los indígenas los preparaban de diversas maneras.

Los peninsulares ibéricos observaron con cierto escándalo ese consumo, pues ellos provenían de una región neoártica. “Como la comida tiene un significado emocional y/o afectivo y el alimento posee un determinado prestigio, algunos de los recursos utilizados en la alimentación azteca fueron calificados negativamente por los conquistadores y por lo tanto olvidados y/o despreciados” (Ramos-Elorduy, Pino Moreno, 2018:91).

Aún conquistados, los indígenas siguieron consumiendo insectos. Pero fue a partir del mestizaje donde su ingesta adquirió otros significados. En la vida conventual poblana del siglo XVIII, a las monjas mal portadas se les obligaba a comer jumiles; pero tómese en cuenta que el jumil es un chinche con un alto contenido de yodo. Y por la misma época, en el extremo europeo del planeta, “una persona piojosa era considerada como la poseedora de un mejor estado de salud al poder albergar y mantener cantidades elevadas de estos insectos en su cuerpo” (Ramos-Elorduy, Pino Moreno, 2018:98).

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Para mascar a fondo:

Ramos-Elorduy, J. y Pino Moreno, J.M. (2018), “El consumo de insectos entre los aztecas”, en Janet Long (coord.) Conquista y comida. Consecuencias del encuentro de dos mundos, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, pp. 89-101.

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