La llamada “austeridad republicana” avanza en México, al menos en el discurso. La autodenominada Cuarta Transformación llegó al poder con la promesa de erradicar la corrupción, los privilegios, el amiguismo y el nepotismo. Sin embargo, bastaron siete años para evidenciar la distancia entre la narrativa moral y la conducta real de muchos de sus cuadros.

Buena parte de Morena ha demostrado que el “no somos iguales” es consigna, no convicción. El discurso ético se convirtió en recurso propagandístico para encubrir exactamente las mismas prácticas que decían combatir. La retórica del cambio funciona como máscara; debajo, persiste el viejo régimen con nuevos colores.

En Veracruz, esta incongruencia tiene rostro. Personajes dóciles al poder en turno se mimetizan sin pudor, adaptándose a cualquier sigla. Algunos creen que, entre risas banales y videos de baja estofa, podrán ocultar ambiciones vulgares y acceder al poder sin mérito, impulsados únicamente por el apellido.

Otros encarnan de manera aún más clara la continuidad del pasado. Es el caso del nuevo alcalde de San Andrés Tuxtla, Rafael Fararoni, hijo y nieto de políticos que fueron priistas, luego panistas y hoy morenistas. En la política jarocha no hay principios, sólo mudanzas oportunistas.

Son los mismos que en campaña esconden autos, casas o relojes de alta gama, se visten de “humildes” y simulan cercanía con el pueblo -como ha documentado el periodista Jorge García Orozco- mientras reproducen intactas las prácticas del sistema que dicen combatir. Cambian de partido, no de conducta.

El fenómeno no es aislado, es estructural y revela una verdad incómoda. En México, los partidos políticos han perdido peso moral y sentido programático. No representan proyectos de nación ni convicciones auténticas orientadas al bien común. Funcionan, en demasiados casos, como simples plataformas de acceso al poder.

La Cuarta Transformación prometió ser ruptura con las prácticas nocivas del pasado. En muchos territorios, incluido Veracruz, terminó siendo reciclaje. El discurso cambió; las inercias permanecen. En tanto la ética siga siendo un eslogan y no una práctica, el “no somos iguales” seguirá siendo frase vacía.

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