La autodenominada Cuarta Transformación llegó al poder prometiendo erradicar los vicios históricos del sistema político mexicano: corrupción, privilegios, amiguismo y nepotismo. “No somos iguales”, repiten hasta el cansancio. Sin embargo, a siete años de gobierno morenista, la distancia entre el discurso moral y la práctica cotidiana se ha vuelto no sólo evidente, sino sistemática. El combate al nepotismo es uno de los ejemplos más claros de esa incongruencia.

Morena denuncia con vehemencia los excesos del pasado, pero tolera -cuando no promueve- las mismas conductas que juró desterrar. Lo que antes llamaban “herencias del régimen” hoy se normaliza bajo el argumento de la “capacidad” o de la “trayectoria”, incluso cuando los beneficiarios no han concluido siquiera sus estudios profesionales. El nepotismo no desapareció: cambió de uniforme.

Veamos algunos casos.

Los hijos de Adán Augusto López. Adán Payambé y Augusto Andrés López Estrada han cobrado salarios en distintos órganos del Estado. Adán Payambé fue contratado en 2018 como asesor en el Senado de la República, donde devengó 60 mil pesos por un contrato de honorarios. Años después, en 2022, se integró al Poder Judicial de Tabasco con un salario mensual de 24 mil 448 pesos, cuando su padre era secretario de Gobernación. En ese momento, aún no concluía la carrera de Derecho.

Su hermano, Augusto Andrés, entre octubre de 2022 y mayo de 2024 cobró 805 mil pesos brutos como “asistente” en la Cámara de Diputados, también sin haber terminado la licenciatura. No se trata de negar el derecho al trabajo de nadie, sino de señalar un patrón: cargos públicos, salarios del erario y vínculos directos con figuras de poder.

Otro ejemplo es Emiliano Batres, hijo de Lenia Batres, ministra de la Suprema Corte. Trabaja como jefe de Departamento en el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC) con un sueldo bruto mensual de 29 mil 753 pesos. En su declaración patrimonial de 2023 reconoció que aún no concluía la licenciatura en Derecho, pese a que ya realizaba labores de “interpretación jurídica”. La contradicción es evidente: mientras se exige probidad y excelencia técnica en el discurso, se tolera la improvisación cuando hay apellido de por medio.

El caso de Andrés Manuel López Beltrán, “Andy”, resulta más simbólico. Hoy es secretario de Organización de Morena, uno de los cargos más estratégicos del partido gobernante. La transparencia sobre su sueldo ha sido nula. Pero no es nuevo en el uso de recursos públicos: firmó contratos con el Senado por asesorías legislativas que sumaron 615 mil pesos, sin que existan evidencias claras de que esos trabajos se hayan realizado. “El orgullo de mi nepotismo”, dijo en su momento José López Portillo. La frase parece haber sido adoptada como herencia política. En México, los López han marcado episodios críticos desde Santa Anna, López Portillo hasta el expresidente que prometió una ruptura histórica y terminó reproduciendo los viejos vicios desde “La Chingada”.

A ello se suma Américo Villarreal Santiago, hijo del gobernador de Tamaulipas, quien ocupa desde 2024 el cargo de delegado de Programas de Bienestar en Coahuila. Durante los primeros meses de 2025 utilizó al menos 25 veces un avión privado, con un gasto estimado de un millón de pesos. Su salario oficial es de 108 mil pesos netos mensuales, lo que abre preguntas legítimas sobre la procedencia de los recursos que financian esos traslados. Además, ha sido denunciado por su exesposa por violencia vicaria y por usar su influencia política para mantener la custodia de sus hijos.

Estos casos no son anécdotas aisladas: forman una red de contradicciones que desmiente a la Cuarta Transformación. Morena no sólo ha reproducido prácticas que decía combatir; las ha envuelto en una retórica moral que busca inmunizarlas frente a la crítica. El problema no es que los hijos de políticos trabajen. El problema es que lo hagan en condiciones privilegiadas, sin trayectorias acreditables, con recursos públicos y bajo la sombra directa del poder familiar.

El viejo régimen hacía lo mismo, pero al menos no fingía virtud. La 4T prometió ser distinta. Hoy, sus hechos la exhiben como una versión renovada de aquello que juró enterrar. Y en política, pocas cosas son tan corrosivas como predicar austeridad mientras se heredan cargos, presupuestos y poder.

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