“No conozco a un coleccionista de arte hipercontemporáneo que no admire, abrace o defienda una antigüedad. Esta manera de ver cómo fuimos es también una forma de entender quiénes somos y, por supuesto, en quién deseamos convertirnos.” Con esta idea, profundamente introspectiva, inicia la conversación con Alfonso Miranda, reconocido especialista y curador del Salón del Anticuario de Zsonamaco.

Resalta que toda propuesta artística (incluso las más arriesgadas, aquellas en las que intervienen NFT o Inteligencia Artificial) comparte un origen común: los objetos antiguos. Desde su perspectiva, al contrastarla (más que compararlas), cada propuesta adquiere un peso específico que abre una conversación de ritmo propio y resonancia particular.

Sin embargo, para que un objeto sea considerado una verdadera antigüedad debe cumplir con ciertos criterios. Existe una diferencia sustancial entre una pieza que simplemente es vieja y otra que, con el paso del tiempo, ha adquirido un valor simbólico y puede ser entendida en armonía con nuestro presente. En medio de esta clasificación, se encuentra también lo vintage, una categoría que ha sabido trazar sus propios caminos de autoexpresión.

ENTRE LO ANTIGUO Y LO DEMÁS

Una definición clara la ofrece Ernesto Viriato Cuenca, copropietario de Viriathus, casa dedicada a las antigüedades y el interiorismo. De manera convencional, explica, un objeto con más de 100 años es considerado antiguo, mientras que aquel cuya antigüedad oscila entre los 50 y los 100 años entra en la categoría vintage. “Pero el valor no depende exclusivamente del tiempo. Muchas veces se piensa que, por tener más de un siglo, una pieza debe ser valiosa, y no necesariamente es así.”

La determinación de su valía es mucho más compleja que una simple medición cronológica. Alfonso Miranda lo expresa así: “La antigüedad está cargada de tiempo, pero no por ello se vuelve obsoleta, ni anquilosada, ni vetusta”. Es justamente ahí donde está su verdadera riqueza: en ser un objeto donde confluyen la memoria, la identidad de una persona o una familia, un colectivo e, incluso, una sociedad entera. Por consiguiente, su valor es determinado por capas, suma de voluntades y temporalidades. “Al seleccionarlas, nos permiten entender cómo pensaban, sentían o deseaban en el pasado”, comparte.

No obstante, es trascendental considerar que, en muchos casos, se desconoce la autoría de estas piezas, lo que convierte su estudio en el trabajo (y, a veces, la obsesión) de un anticuario apasionado, quien encuentra en la historia, la arqueología o la filosofía la verdadera belleza de estas expresiones artísticas.

Aunque de muchos casos no se tenga plena certeza de su procedencia o autoría, cuando sí la hay (apunta Miranda) ésta se limita a lo que conocemos hasta el momento. Nunca hay puntos finales; siempre se abre una posibilidad de ampliar el conocimiento y profundizar la pasión por el objeto y sus particularidades.

Ya sea una cerámica proveniente del Lejano Oriente, un delicado textil, tapices exóticos de la Rusia Imperial, pinturas virreinales de gran fuerza visual, muebles, joyería o hasta libros inquietantes, las antigüedades resguardan emociones, así como formas de pensar, sentir y disentir en pasados que se sienten muy remotos, pero dialogan de manera sorprendente con el presente.

Para el curador, resulta fundamental centrar la atención no sólo en la belleza y las cualidades formales de la pieza, sino también en sus propiedades constitutivas: qué materiales se emplearon, en qué momento histórico fue creada y las condiciones bajo las cuales se estructuró. Esto le otorga una dimensión distinta al objeto y determinará que sea una verdadera antigüedad. Sin embargo, “existen muchas reproducciones, por lo que debemos ser especialmente cautelosos con ellas”, advierte.

DE ÉTICA Y RESPONSABILIDADES

Adquirir o coleccionar una de estas preciadas piezas implica, inevitablemente, una responsabilidad para el nuevo propietario, resalta el especialista; razón por la cual la elección debe hacerse con sumo cuidado. Se trata de ir más allá del simple deseo de posesión, y asumir la conciencia de que, a partir de ese momento, será necesario preservar su integridad física y química. Y pensar cómo podrá llevarse a las futuras generaciones.

Eso supone desarrollar una sensibilidad particular hacia materiales que pertenecen al pasado. Comprender por qué se utilizaron, qué función cumplieron y de qué manera fueron concebidos permite, incluso, desacralizarlos para revestirlos de nuevos simbolismos. “Lo más importante de un coleccionista es entender que, si bien es un poseedor temporal de ese objeto, debe ser altamente responsable para conservarlo y llevarlo a nuevos futuros, donde otros también puedan admirarlos”. Es esencial entender este compromiso, sobre todo, para quienes dan sus primeros pasos en el coleccionismo de antigüedades.

VUELTA AL MAXIMALISMO

Tras un prolongado periodo en el cual el minimalismo se consolidó como una corriente dominante, el regreso al maximalismo es hoy evidente en diversas tendencias del arte y el diseño contemporáneo.

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Para Ernesto Viriato, este giro ha propiciado un renovado interés por las antigüedades, especialmente como elementos clave dentro de los proyectos de interiorismo más sofisticados.

Asimismo, comienza a consolidarse un nicho entre públicos más jóvenes, quienes muestran una curiosidad creciente por dicho universo. En Viriathus, comenta su cofundador, se han dado cuenta de que cada vez es más frecuente que personas jóvenes se acerquen en busca de un detalle antiguo o vintage para integrarlo en espacios contemporáneos. “Nosotros estamos atendiendo a ese mercado que no desea que su casa parezca la de sus abuelos, pero que sí quiere incorporar un acento antiguo”.

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