En Veracruz, la indignación no sólo se grita, también se canta. Una pieza de son jarocho que circula en redes sociales se ha convertido en la banda sonora del reclamo contra la gobernadora Rocío Nahle, señalada por minimizar el derrame de hidrocarburo en el Golfo de México como si se tratara de un accidente doméstico y no de un desastre ambiental.
La canción -difundida en TikTok, Facebook e Instagram- recoge, con ironía y ritmo tradicional, el enojo de pescadores y habitantes que ven cómo el mar dejó de ser sustento para convertirse en evidencia. La letra cuestiona la narrativa oficial, esa que reduce la tragedia a “simples gotitas”, mientras en la costa el petróleo se acumula sin metáforas.
Y es que la realidad no rima con el discurso. En Coatzacoalcos, particularmente en Playa Sol, usuarios han documentado arena cubierta por capas negras de hidrocarburo. No son manchas menores ni percepciones exageradas, son residuos visibles, persistentes y, para muchos, devastadores.
A la par del desastre, pescadores afectados calificaron como insuficiente el apoyo federal de 15 mil pesos, una cifra que, en términos prácticos, apenas roza las pérdidas reales. Denuncian daños de hasta 100 mil pesos en redes y equipo, además de un padrón limitado a 800 beneficiarios, es decir, un parche económico para una herida que sigue abierta.
“Ahí están las gotitas”, ironizó un pescador, señalando el litoral contaminado. Su testimonio, lejos de la retórica oficial, apunta a una crisis ambiental que también es política. “No es de partidos”, dijo, “es de responsabilidad”.
Mientras tanto, la administración estatal se aferra a una versión suavizada de los hechos, como si reducir la magnitud del desastre bastara para disolverlo. En la misma lógica operaron legisladores locales de Morena y del Partido Verde: llevaron el tema a la tribuna del congreso local y, acto seguido, abandonaron el recinto, evadiendo los cuestionamientos de la oposición con una puntualidad que no tuvieron para atender la crisis.
En plena Semana Santa en Veracruz, el petróleo no se disipará a fuerza de discursos. Permanece, contamina y evidencia. Y ahora, además, entona —en clave de son jarocho— el descontento de una población que ya no compra versiones oficiales.







