La llamada generación Z ha impulsado una práctica que rompe con los esquemas tradicionales de productividad: el “bed rotting”, una tendencia que consiste en permanecer durante horas —incluso días— en la cama, acompañados de dispositivos electrónicos y consumo de comida rápida. Popularizada en redes sociales bajo el lema “púdrete conmigo”, esta conducta supera ya los 2 mil millones de visualizaciones y genera preocupación en el ámbito de la salud mental.
Más allá de un simple descanso, el fenómeno representa un retiro voluntario de actividades laborales y sociales que puede prolongarse entre 24 y 48 horas. En ese lapso, el uso intensivo de redes sociales —particularmente el desplazamiento continuo de contenido— se convierte en la principal actividad, consolidando la cama como un espacio de evasión frente al estrés cotidiano.
Esta práctica surge como reacción a la denominada “cultura del esfuerzo extremo”, que promovía altos niveles de productividad desde edades tempranas. Sin embargo, especialistas advierten que el límite entre descanso y aislamiento es difuso.
Datos recientes indican que cerca del 24 % de los jóvenes reconoce adoptar este comportamiento de manera recurrente. Expertos en psicología señalan que, en muchos casos, se trata de un mecanismo para evitar el malestar emocional o el estrés, lo que podría derivar en efectos contraproducentes.
Entre los riesgos identificados se encuentran el agravamiento de trastornos como ansiedad y depresión, así como la alteración de hábitos de sueño. Organismos médicos recomiendan reservar la cama exclusivamente para dormir, evitando asociarla con actividades como el trabajo o la alimentación.
A pesar de que algunos jóvenes lo consideran un acto de resistencia frente a las exigencias sociales, el “bed rotting” puede derivar en un ciclo de culpa y vacío emocional. La inactividad prolongada y el consumo excesivo de contenido digital suelen generar malestar al finalizar el periodo de descanso.
Ante este panorama, especialistas sugieren optar por alternativas de descanso activo, como caminar, leer o mantener interacción social moderada. Estas prácticas contribuyen a reducir el estrés sin los efectos negativos asociados al aislamiento prolongado.
El reto, coinciden, radica en encontrar un equilibrio que permita el descanso sin comprometer la salud mental, evitando que la cama deje de ser un espacio de recuperación para convertirse en un factor de riesgo emocional.







