Por Omar Piña

[Talento y disciplina de Laura Guinot Ferri]

Ubiquémonos en un tiempo en que, por lo regular y en todos los estratos sociales, la muerte era una huésped tradicional en los actos de alumbramiento y durante los primeros años de vida. Para la mayoría de las mujeres de finales del siglo XVIII era escasa la esperanza de tener un buen parto y de que la criatura sobreviviera al menos dos años. Esta afirmación puede anclarse en todas las épocas. 

Por hoy basta con asomarnos a las costumbres de las familias aristocráticas de España. El motivo tiene una explicación simple: son de quienes se preservan documentos, como el papeleo testamentario, que sirve como “informante” de aquello que legaban y les preocupaba preservar. Así que la madeja se deshace por la mención escrita de “un cordón” (artículo usado como cinturón) y una reliquia de San Ramón Nonato. Aquellos valiosos objetos estaban relacionados con la maternidad. Estos artículos fueron mencionados por las duquesas de Almodóvar en una carta fechada hacia 1795.

En esa época, el escenario común de la maternidad estaba plagado de riesgos, “que la madre muriera durante el parto, e incluso más de que lo hiciera el recién nacido. La muerte perinatal y la mortalidad infantil fueron elevadas… aproximadamente uno de cada cuatro bebés moría a los pocos días de nacer” (Guinot Ferri, 2025: 209). La solución humanamente posible estaba en manos de las comadronas. Esas mujeres que asistían a los partos tenían, sin duda, una vasta experiencia, pero carecían de los conocimientos médicos necesarios. 

Si de las comadronas no se podían esperar milagros, éstos se reservaban para la intervención divina. Las mujeres de entonces no sólo fincaban sus esperanzas en las plegarias, sino que también depositaban su confianza en objetos devocionales y reliquias. Embarazadas y recién nacidos eran revestidos con objetos que les suponían protección. En las pinturas que retrataron a miembros de las más altas esferas de aquella sociedad se aprecia que a los niños se les arregla con amuletos de coral o campanillas, además de piezas devotas, representadas como cinturones.

Aquellas creencias no eran exclusivas de las clases adineradas. Eran objetos o recursos en los que se creía. Quienes no tenían los medios para adquirir una reliquia también mantenían la creencia de que era posible conferir los atributos de la pieza original a una copia mediante el “contacto”. Esto consistía en adquirir objetos similares, acudir y/o peregrinar a los conventos o iglesias que sí tenían reliquias. Allí bastaba con pasar los protocolos para tocar el original con las copias, que adquirían un valor que hoy entendemos como simbólico.

Los cinturones y fajas se empleaban desde la Edad Media como amuletos de protección para las embarazadas, pero también se usaban a finales del siglo XVIII. Para esa época, en los manuales básicos de historia escolar se menciona que en el mundo dominaba la Ilustración. Los regalos que son legados entre la tía María Joaquina duquesa de Almodóvar y su sobrina, la duquesita Josefa Dominga de Catalá, nos revelan formas de pensar y actuar en torno a los temas de maternidad y salud.

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Para mascar a fondo:

Guinot Ferri, Laura, “Devociones del parto y maternidad simbólica: la circulación de reliquias entre mujeres nobles en el siglo XIII”, Revista de Historia Moderna, n. 43 (2025), pp. 206-229.

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