Antulio Ficachi

El sueño de la soberanía nacional tiene despertares abruptos, sobre todo cuando las memorias de Ken Salazar demuestran que la alta política de fin de sexenio no se escribió en la Constitución, sino en las páginas de Jorge Luis Borges. 

Dicen los que merodean Palacio Nacional que el insomnio en el tramo final del mandato anterior no fue por fervor patrio, sino por un síndrome digno de Funes el memorioso. La diferencia es que al personaje literario lo tiró un caballo, y al Ireneo de Badiraguato lo sentaron en un avión con destino a Nuevo México.

Durante años se operó bajo el principio de que los expedientes judiciales se desvanecen con ráfagas de saliva matutina, sin pruebas. Sin embargo, Ismael “El Mayo” Zambada resultó compartir la maldición borgeana: la incapacidad de olvidar. Cada nombre, cada depósito en efectivo, cada patrulla desviada para abrir paso a la comitiva y cada campaña electoral financiada con billetes de alta denominación quedaron grabados en un disco duro que hoy se resguarda en el Departamento de Justicia de Estados Unidos.

El verdadero pánico de Andrés Manuel “El Mesías” López , según el testimonio del exembajador, no derivaba de la geopolítica, sino del temor fundado a que el capo decidiera ‘soltar la sopa’ ante los fiscales norteamericanos. Un par de declaraciones bien documentadas bastaban para transformar las sospechas periodísticas en verdades jurídicas: la confirmación formal de que el partido oficial mantiene vasos comunicantes con el crimen organizado.

Lo irónico de la trama es que el cortocircuito no llegó por el espionaje de la DEA, sino por la vía más tradicional del servicio cortesano: el chisme de sobremesa. En la diplomacia destaca la figura de “El Susurrador”, un prominente empresario que escuchaba las angustias presidenciales en el despacho principal y corría a traducirlas a la embajada de USA. Al final, la famosa “pausa” diplomática de agosto de 2024 no fue por celo constitucional; fue el ruido necesario para disimular el dolor de cabeza que provocaba saber que, en El Paso, Texas, un hombre empezaba a dictar la lista de sus antiguos socios.

Por cierto, la advertencia de Salazar sobre el Poder Judicial dejó algo sobre la mesa. Si antes el crimen organizado debía comprar voluntades en las ventanillas de los juzgados, el nuevo sistema electoral judicial les ahorró la fatiga de la negociación secreta. Ahora simplemente podrán financiar de manera abierta las campañas de sus propios jueces utilizando la estructura territorial del partido. 

Habrá que revisar cuántos “susurradores” siguen activos en el gabinete de Sheinbaum.

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El silencio se consolidó como la segunda lengua oficial dentro de la llamada cuarta transformación. Aquellos políticos que antes encontraban en el micrófono su hábitat natural hoy practican la disciplina de mirar fijamente al techo cuando se les recuerda la advertencia que Porfirio Muñoz Ledo dejó como testamento político.

El fallecido líder advertía que el andamiaje electoral del oficialismo tenía una persistente fragancia a pólvora y delincuencia organizada. Pronosticó el tránsito hacia un narcoestado, término que hoy genera amnesia colectiva entre los antes combativos ideólogos. 

Ahora las momias cambiaron de bando: la indignación moral se abarató y la intelectualidad orgánica descubrió que envolverse en la bandera de la pureza ideológica es más cómodo que contrastar las auditorías.

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En la secretaría de Salud de Veracruz descubrieron que la austeridad franciscana es el mejor remedio contra el VIH y las infecciones de transmisión sexual. 

En los centros CAPASITS del estado se aplica un modelo de salud “al natural”. Si los pacientes y el personal médico sudan en Xalapa o Coatzacoalcos, no es por el clima tropical, sino porque los aires acondicionados pasaron a mejor vida.

La falta de agua potable y la exigencia de que los propios trabajadores cooperen para las bolsas de basura no son carencias; en el diccionario de la “transformación” se denominan “participación comunitaria”. 

Las clínicas quedaron reducidas a ventanillas de farmacia vacías: sin psicólogos, sin reactivos y sin condones, pero con un enorme entusiasmo burocrático. 

En el esquema del gobierno de Nahle siempre será más rentable recortar insumos que surtir recetas con dignidad; total, los números del presupuesto cuadran, aunque la salud de los veracruzanos no.

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En el Puerto de Veracruz, la honestidad republicana se entiende estrictamente en clave familiar. Cuentan que en el Ayuntamiento de Rosa María Hernández Espejo la nómina municipal se transformó en un álbum de afectos cercanos. Quienes conocen las sumas y restas del municipio afirman que la lista de parientes cobrando sin devengar el sueldo es tan amplia que ya incluye la figura conyugal.

Con sueldos de seis dígitos para la alcaldesa y regidores de la pureza morenista, el presupuesto jarocho funciona más como caja chica que como servicio público. 

El blindaje, eso sí, incluye un selecto coro de “plumas de alto pedorraje” -con millones de lectores y credibilidad papal- que queman incienso diariamente para simular una percepción social impecable.

El remate del chiste es que, con apenas seis meses de gestión municipal, los estrategas ya construyen la narrativa para posicionar a Hernández Espejo como la natural sucesora de Rocío Nahle o cuando menos un escaño en el Senado.

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Fuego en el edén veracruzano. En Xalapa se teje un guion de redes sociales tras el anuncio de la empresaria Zoé Gamboa de que su divorcio con la exalcaldesa Elizabeth Morales no se limitará al frío expediente judicial. 

El aviso de abrir la bitácora de la separación tiene a más de un operador con el manual de control de daños bajo el brazo, en una plaza donde la vida privada siempre ha sido el combustible más cotizado de la escena pública. 

Hagan apuestas.

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En los estacionamientos de las plazas comerciales de Xalapa se estrenó una puesta en escena tipo Hollywood: el debut de los “montachoques”. El guion es un raspón invisible, un conductor (a) indignado con bebé a bordo y la tarifa de paz de entre mil y dos mil pesos para evitar la burocracia.

Si el ciudadano no cede, entra el segundo acto. La “víctima” llama a su aseguradora, aparece un “ajustador” que, cámara en mano y con la amenaza de llevar el caso a la Fiscalía, presiona la conciliación inmediata.

El clímax ocurre cuando se decide marcar al 911. Conocedores del cronómetro local, los histriones aguardan los 30 minutos de retraso institucional de Tránsito. Sin embargo, en cuanto se percibe el destello lejano de las torretas oficiales, el ajustador y el afectado desaparecen por arte de magia. 

Cuidado con el truco.

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