Por Omar Piña

[Talento y disciplina de José María Luis Mora]

Suponga que le hablan de un país jovencísimo que emergió tras una racha de violencia política y luchas armadas. Que le informan de que su población fluctúa en menos de diez millones de habitantes desperdigados en un territorio inmenso. Para cerrar la magnitud de los cálculos, los datos exactos son “cuarenta y siete ciudades, ciento treinta y dos villas y seis mil setecientos ochenta y siete pueblos, congregaciones y rancherías” (Mora, 2017: 53). Pero al mismo tiempo, lo previenen, el país está dividido en tres clases principales: militares, clérigos y paisanos.

¿Sentiría usted alguna comodidad al vivir en un lugar dominado por relojes, agendas y creencias de soldados y curas? Ese lugar fue real, pero tal cual, no existe más. Aunque una forma de conocer aquel sitio es la lectura de quienes sí lo vivieron e hicieron lo posible por demostrar que eran viables, tanto sus puntos de vista como las interpretaciones de los hechos.

Pensemos en la claridad expositiva e impacto de una magistral pieza integrada con los géneros del ensayo y la historia, que se publicó hace 190 años y se tituló Méjico y sus revoluciones. Leída a la distancia de casi dos centurias, muchos de sus argumentos y exactas descripciones, ahora podrían equilibrarse como un boceto de la mexicanidad contemporánea. Tómese en cuenta que para cuando se publicó aquel ensayo que abarcó tres volúmenes, México era una realidad naciente.

Su autor fue un novohispano-mexicano que vivió entre 1794 y 1850. Murió el 14 de julio en París y durante más de cien años, su cuerpo permaneció enterrado en el cementerio de Montmartre. Sucedió que hasta 1963 sus restos fueron trasladados a Ciudad de México y depositados en la Rotonda de las Personas Ilustres, en el Panteón de Dolores.

El autor de Méjico y sus revoluciones fue el guanajuatense José María Luis Mora. Se trató de uno de los protagonistas e influyentes observadores y activos intelectuales de la primera mitad del siglo XIX mexicano. Le correspondió vivir dos periodos. Primero, la crisis colonial del imperio español, las luchas insurgentes y la consumación de la independencia. El segundo periodo correspondería a partir de 1821, cuando se concluyó el régimen novohispano y comenzó la temporalidad de “Méjico” como país independiente. 

Mora fue sacerdote ordenado, pero como tal, ejerció muy poco. La política se le dio bien porque fue diputado cuando un diputado equivalía a una muy seria formación profesional. Su magnífico ensayo nos revela el hondo conocimiento que mantenía sobre la vida pública, los datos y la sensibilidad para interpretarlos y comunicarlos. No era amigo de las ocurrencias de último  momento y estaba convencido de que el mejor Estado era el de corte liberal, el que tuviera una clara división de poderes y una estructura laica. En los últimos años de su vida fue diplomático. Pero la admiración y ovaciones que merece en la actualidad, son el reconocimiento como uno de los mejores historiadores del siglo XIX.

Por supuesto que de su voluminoso Méjico y sus revoluciones hay extractos que se leen con interés y admiración. Juzgue usted apenas el siguiente fragmento:

El carácter de los mexicanos y sus virtudes no deben pues buscarse, como lo han hecho muchos extranjeros, en las clases privilegiadas, sino en la masa de los ciudadanos; en aquéllas, a pesar de los defectos inseparables de su viciosa constitución, no dejan de abundar los hombres de mérito, como lo haremos ver en el discurso de esta obra; pero las virtudes, la literatura, los talentos, la laboriosidad y cuanto puede hacer recomendable a un pueblo, se halla en México en la masa de la nación (Mora, 2017:30).

El doctor Mora no discurre únicamente sobre política, sino que retrata los vicios arraigados en todas las capas sociales, como los juegos de azar y las peleas de gallos. Pinta los modos de la nueva sociedad mexicana para aborrecerse como españoles y los rituales que se mantenían para anunciar un nacimiento, el retorno de alguien o la enfermedad.

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Para mascar a fondo:

Mora, J. M. L. [1836] (2017), El carácter de los mexicanos, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica.

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