Por Omar Piña
[Talento y disciplina de Susan E. Bryan]
Intentemos imaginar la sociabilización de asistir al teatro en los tiempos porfirianos; es decir, entre 1876 y 1911. Había espectáculos a los que, por sus precios, asistían únicamente las élites. Las funciones duraban entre cuatro y seis horas y eran acontecimientos sociales muy a gusto de sus participantes. Las clases populares tenían la oportunidad de consumir manifestaciones culturales que no exigían códigos de etiqueta: corridas de toros, peleas de gallos y también una mezcla de actividades escénicas, cuyo origen se remontaba a los títeres y las artes circenses.
El teatro se popularizó con dos fines: uno didáctico y otro de solaz y entretenimiento. El didáctico fue promovido por las asociaciones mutualistas que buscaban teatrillos de barrio para organizar juntas en las que se propagaban valores e ideales de los movimientos obreros. Las reuniones incluían música, discursos, lecturas de poemas y representaciones que buscaban concientizar sobre la importancia de la ayuda y la fraternidad.
Sin embargo, cuando inició el régimen porfiriano, las autoridades estimaron que esa forma de teatro era un medio de comunicación para las masas analfabetas. Y aquellas reuniones, que vehiculaban la acción política, fueron desplazadas por sociedades benéficas con patrocinio oficial.
Pero surgieron espectáculos en los que, según un periódico, “los gritos, las vociferaciones y las obscenidades alcanzaban un grado culminante” (Bryan, 1983:140). A partir de 1880, los empresarios teatrales comenzaron a vender ‘tandas’. Consistían en espectáculos de menor duración y que, por supuesto, estaban al alcance de los bolsillos de públicos formados por obreros y artesanos. Se levantaron teatros provisionales y jacalones que iniciaban sus ‘tandas’, desde las 4 de la tarde hasta las 11 de la noche. De aquellos lugares, Manuel Gutiérrez Nájera escribió que los nuevos empresarios aplicaban una exitosa fórmula que consistía en “un poco de cancán, algo de sal y pimienta, mucho de barato” (Bryan, 1983:143).
Con las tandas, surgió un público popular que transformó el ambiente social del teatro y el contenido de las obras. La historiadora Susan E. Bryan señala que el régimen toleró la inmoralidad, pero jamás permitió la crítica política. Tras diez o catorce horas de trabajo continuo, aquel nuevo público acudía a los jacalones y teatrillos para ver alguna tanda que le permitiera desahogarse.
Gutiérrez Nájera narró que cuando llegaba la hora del cancán, se pasaba un sombrero entre todos los asistentes. La finalidad era reunir los 25 pesos de multa que imponía la autoridad. Cubierto el precio por faltar a la moral, continuaba el espectáculo.
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Para mascar a fondo:
Bryan, S. E. (1983). Teatro popular y sociedad durante el Porfiriato. Historia Mexicana, 33(1), 130-169.








