Por José María Plaza/Zenda

Acaba de publicar en España su primera novela, Los caballeros de la noche (Grijalbo). Daniel Balmaceda es un periodista e historiador muy popular en Argentina por sus libros de divulgación (El apasionante origen de las palabras, Los años locos en Argentina, Historias de la Belle Époque), así como biografías de los grandes próceres del país (San Martín, Belgrano, Sarmiento). Su método consiste en una rigurosa información narrada de una forma ligera, amena, periodística, y esos libros se han convertido en best sellers en su país. Los más célebres, quizás, sean los que navegan por la historia de Argentina y nos cuentan anécdotas, detalles, curiosidades, pequeñas historias (un poco, a la manera de Carlos Fisas en España y su serie Historias de la Historia), como Historias insólitas de la Historia Argentina o (más de lo mismo) Historias inesperadas de la Historia Argentina.

En uno de estos libros se relata —en tres páginas— el curioso caso del secuestro del cadáver de Inés Dorrego, perteneciente a una de las familias más adineradas del país, por una banda criminal que se hacía llamar “Los Caballeros de la Noche”. Este suceso tuvo una gran repercusión en aquella sociedad argentina que iniciaba la Belle Époque, y su investigación será llevada a cabo por uno de los comisarios de la recién creada Policía de la Ciudad, Isidoro Acevedo, cuyo nombre trascenderá posteriormente, al ser el abuelo materno de Jorge Luis Borges. Daniel Balmaceda ha elegido esta anécdota, este insólito suceso de 1881, para su primera incursión narrativa, una novela entre histórica, policial y judicial, titulada de la misma manera que aquella banda de delincuentes extranjeros denominada Los caballeros de la noche, publicada en España por Grijalbo.

Conocía la popularidad y la presencia en los medios argentinos de Daniel Balmaceda por mis viajes a Buenos Aires. Incluso adquirí, y leí con entusiasmo, su libro Romances de escritores, ya que entonces estaba investigando sobre el terreno para una novela sobre la vida sentimental de Borges, y me sorprendió el cruce de historias entre unos y otros nombres: Alfonsina Storni, Lugones, Bioy Casares, Horacio Quiroga, Mujica Láinez, Silvina Ocampo, Oliverio Girondo, Silvina Bullrich, Pablo Neruda… y por supuesto Borges. En el fondo, el mundo de la cultura era (y quizás lo siga siendo) un paisaje reducido y casi incestuoso. Lamenté entonces que en España nadie se hubiera animado a escribir un libro parecido, y aún espero que alguien se decida. Esto es una simple anécdota al margen, que nos muestra la variedad de registros y la capacidad de conectar con el público de este periodista (en prensa y televisión), historiador, investigador y un muy ameno divulgador, que ahora se ha pasado a la novela, pero relativamente.

Los caballeros de la noche cuenta la historia de la formación de una banda de inmigrantes europeos —una especie de los primeros pasos del hampa argentina— con el propósito de cometer actos criminales en la sombra. El encuentro entre Alphonse Kerckhove de Peñaranda, un noble belga obligado a huir de su país, y el turbio español Florentino Muñiz será el punto de partida para, paso a paso, ir incorporando con discreción al resto de los miembros y formar una banda con aire (y reglas) de fraternidad secreta. Así se describe en la novela: “Los Caballeros de la Noche no eran simples delincuentes. Eran artistas de la clandestinidad que cometerían delitos bajo el velo de la noche, manteniendo, en el transcurso del día, la fachada de laboriosos inmigrantes”.

Aún no han fijado un objetivo criminal, cuando el destino les ayuda: acaba de fallecer una de las mujeres más ricas del país, y deciden (alguien había leído un caso parecido en Estados Unidos) secuestrar su cadáver y pedir un cuantioso rescate; una misión favorecida por las circunstancias, ya que el Cementerio de la Recoleta está en obras y en pleno proceso de recuperación. Esta historia, rigurosamente cierta, exhaustivamente documentada, seduce tanto a Daniel Balmaceda que la ha convertido en novela.

***

—Usted, que tiene un ganado prestigio como periodista y divulgador histórico, y decenas de miles de lectores fijos, ¿por qué decidió dar el salto a la novela?

—El archivo, la hemeroteca y la reconstrucción de escenas reales siempre han ocupado gran parte de mi trabajo, y durante años tuve la sensación de que el tipo de libros que escribía me ofrecían un campo muy amplio. Sin embargo, a medida que me adentraba en el caso de los caballeros de la noche advertí que ciertos personajes y situaciones reclamaban algo que la crónica no siempre permite: seguirlos durante más tiempo, acompañarlos más de cerca. Tenía documentos y testimonios, pero también aparecían zonas de sombra que ningún dato alcanzaba a iluminar por completo.

—¿Eso le hizo dudar?

—Me estimuló. Me llevó a preguntarme qué significaba vivir esos acontecimientos cuando todavía no se sabía en qué iban a convertirse. No me refiero únicamente a las grandes decisiones o a los hechos extraordinarios, sino a cuestiones mucho más elementales: qué temía una persona, qué esperaba, qué malinterpretaba, qué creía que iba a suceder al día siguiente. Y para responder a esas cuestiones supe que el camino más apropiado era la novela.

—¿No le pareció una temeridad?

—Lo era, pero tenía que correr el riesgo. El desafío más grande consistió en hallar un equilibrio entre dos impulsos que me acompañaban desde hacía tiempo: la lealtad a la documentación y la necesidad de construir una experiencia de lectura. Necesitaba conocer ese mundo con suficiente profundidad como para moverme dentro de él con libertad y, al mismo tiempo, con prudencia.

—¿Le supuso más trabajo que cualquier otro de sus otros libros de divulgación histórica?

—Mucho más. Me obligó a cambiar de herramientas. En la divulgación, el dato suele ser el punto de llegada. En la novela, el dato es —muchas veces— apenas el punto de partida. Hay que aceptar que el documento orienta, limita, ilumina, pero no siempre resuelve por sí solo una escena. Por eso, lo que más me costó fue dejar de usar los datos como conclusión y empezar a usarlos como impulso narrativo: debía hallar una forma que permitiera mostrar aquella época como un presente incierto para quienes la vivieron, y lograrlo ha sido una de mis mayores satisfacciones.

—¿No tenía miedo a que sus acostumbrados lectores se sintieran confundidos o desencantados porque no era lo que esperaban de usted?

—Por supuesto. Tuve muchas dudas. Sabía que mis lectores habituales provenían de la divulgación histórica, y me preguntaba si aceptarían acompañarme en este cambio de registro. La respuesta fue muy generosa.

—En ocasiones, que haya demasiada información —y respetarla— puede matar o, al menos, herir la novela. ¿No se lo planteó?

—La historia real que dio origen a la novela ya contenía en sí demasiados elementos novelescos: una banda marginal, un crimen, una investigación policial, un juicio y una ciudad que avanzaba a enorme velocidad. Tenía todo. Mi trabajo como narrador consistió en encontrar una estructura capaz de hacer convivir todos esos elementos sin que ninguno se impusiera artificialmente sobre los demás.

—Una novela se dice, con frecuencia, que son sus personajes. ¿Cómo se enfrentó a ello?

—La construcción de los personajes estuvo condicionada por una decisión que tomé desde el principio: respetar la información disponible sobre cada uno. Había personajes de los que sabía mucho y otros que aparecían apenas iluminados por unas pocas declaraciones o referencias indirectas. Me interesaba que el lector percibiera también esas diferencias, porque forman parte de la verdad del caso. El jefe de policía, el comisario Acevedo, el español, el belga o la propia víctima dejaron rastros documentales muy distintos. En algunos casos fue posible reconstruir trayectorias, hábitos, relaciones familiares y pequeños gestos cotidianos. En otros, preferí avanzar únicamente hasta donde las fuentes permitían sostener una interpretación verosímil.

—¿No hay demasiados nombres propios de personajes que solo pasan por ahí (por esa página) y no vuelven a aparecer?

—En una investigación policial real aparecen testigos secundarios, vecinos curiosos, parientes, empleados, transeúntes y personas que entran y salen de la escena dejando apenas una huella. Quise conservar deliberadamente esa sensación de multitud, ese rumor de ciudad. Esos personajes aparentemente menores son los que le dan espesor a la época.

—Me llama la atención que el encargado de investigar el caso fuese el comisario Isidoro Acevedo, el padre de la madre de Borges y, sin embargo, usted no haya aprovechado esta golosa circunstancia para ahondar en la vida privada de este personaje, y se limite tan solo a citar el dato en una línea al final. ¿Por qué no le dio más protagonismo, o un enfoque distinto al resto de los personajes?

—Nunca pensé la novela como “la historia del abuelo de Borges”. Acevedo era, antes que nada, uno de los policías involucrados en el caso. Convertirlo en el foco principal o profundizar demasiado en su entorno familiar hubiera desplazado el eje del relato hacia otro libro. El dato de Borges debía aparecer en su justa proporción: una señal significativa, no el centro de gravedad.

—Hay un pasaje breve, quizás el más íntimo de la novela, en que tanto el criminal como el policía, cada uno en su hogar, están pendientes de sus respectivas hijas y se hacen una misma pregunta sobre su futuro. Este pasaje, breve, casi es una excepción.

—La decisión de no sobrecargar el texto de intimidad fue deliberada. A veces una insinuación alcanza más que una explicación completa. Preferí que esos momentos de humanidad, como el pensamiento compartido hacia las hijas, funcionaran como breves pausas de intimidad en medio de la tensión del caso, dejando espacio para que el lector complete la psicología del personaje. La ficción me ha permitido acercarme a emociones, dudas y conflictos internos, pero siempre como entradas parciales, no como una biografía paralela que distrajera del movimiento principal de la historia.

—El secuestro del cadáver ocurrió en 1881, que fue (parece ser) una década decisiva para Buenos Aires.

—Así es. La ciudad acababa de convertirse en Capital Federal y recibía inmigrantes de manera creciente. Más que un escenario estático, me interesaba mostrar al lector una ciudad en plena transformación. Esa Buenos Aires de 1881 era una ciudad en obras: las instituciones se estaban refundando, la policía miraba modelos modernos, quería parecerse a Scotland Yard y empezaba a incorporar pericias y procedimientos novedosos para la época. La justicia, al mismo tiempo, intentaba imponer autoridad sobre una población cada vez más diversa.

—Quizás por ello, Los caballeros de la noche tiene un aire de novela social.

—Es inevitable. Y es inevitable que el retrato se vuelva clasista. En ese entramado urbano, la distancia entre un inmigrante que apenas dominaba el idioma, un comisario y un miembro de la élite no se medía solo en dinero y privilegios; se medía en prestigio y, sobre todo, en la capacidad de hacer valer la propia palabra. En esta historia, la estratificación social termina pesando sobre cada testimonio, cada sospecha y, en definitiva, sobre la posibilidad de ser creído o condenado.

—La novela está llena de referencias a las calles y los lugares del Buenos Aires del siglo XIX, que, posiblemente, puedan interesar a un argentino, pero no estoy seguro si al resto de los lectores…

—Nunca me preocupó demasiado si el lector conocía o no Buenos Aires. Una novela bien construida consigue que el lector se oriente primero por la emoción, el conflicto y la curiosidad. Todos hemos recorrido la París de Dumas, el Londres de Conan Doyle o la Cartagena de Pérez-Reverte sin haber pisado esas ciudades jamás. Por eso decidí conservar los nombres reales de las calles, los comercios y los recorridos: lejos de pretender construir una guía turística del pasado, me propuse ofrecer un mundo reconocible en sus detalles.

—Creo que ha debido funcionar, ya que es el primer libro —usted que tiene tantos y de tanto éxito en Argentina— que le publican en España.

—Sí, y ha sido una sorpresa muy grata. Hace cuatro meses estuve en Barcelona Negra con la novela y fue fascinante ver cómo lectores que nunca caminaron por la calle Florida o que jamás oyeron hablar de la familia Indart se enganchaban con la intriga de la misma manera. Ahí confirmé algo que uno sabe, pero siempre agradece corroborar: cuando una historia funciona, cruza fronteras mejor de lo que imaginamos.

—¿Esta novela se venda más o menos que sus libros divulgativos?

—Más que las cifras, lo que realmente me ha conmovido han sido los comentarios. Muchos lectores me escribieron para contarme que habían descubierto una forma distinta de acercarse al pasado. Ese entusiasmo me impulsó a concentrarme de lleno en la escritura de mi segunda novela, que justamente vuelve sobre otro caso policial real de esa misma época. En este caso, un crimen pasional que se ejecuta el 1 de enero de 1881. Sí, también en 1881.

—¿El Daniel Balmaceda divulgador se está transformando en novelista?

—No siento que esté tomando un camino completamente diferente; mis obsesiones siguen siendo las mismas. Continúo sumergido en expedientes, diarios, cartas y archivos. Lo que cambia es el tiempo de permanencia. La novela me invita a quedarme más en cada escena, a acompañar a los personajes durante períodos más extensos y a detenerme en matices que en la divulgación, por una cuestión de espacio y de ritmo, necesariamente aparecen más condensadas.

—Vayamos a los orígenes. ¿Cómo se inició en los libros?

—Mi formación como lector fue bastante atípica para alguien que terminó escribiendo novelas. Desde muy chico leí con pasión, pero la lectura estuvo asociada casi siempre a la curiosidad, a la investigación y, con el tiempo, al trabajo. Recuerdo perfectamente el impacto que me produjo, a los diez u once años, Los cazadores de microbios, de Paul de Kruif. Era un libro sobre ciencia, pero cada capítulo funcionaba como una aventura, con personajes, tensiones, hallazgos y fracasos. Ese libro me enseñó algo que después sería decisivo: la búsqueda de la verdad también puede tener suspense.

—Y de adulto, ¿qué leía?

—En las últimas décadas, mis lecturas han estado muy marcadas por biografías, documentos, expedientes, memorias, diarios y archivos. La decisión de escribir Los caballeros de la noche me llevó, felizmente, a volver a la novela de otro modo. Quise observar cómo otros autores administraban la información, cuándo aceleraban, cuándo se detenían y cómo hacían para que una escena respirara sin perder tensión.

—¿Cuál ha sido, pues, su biblioteca de formación?

—Bastante heterogénea: Alejandro Dumas me sigue fascinando por su manera de convertir la historia en aventura sin empobrecer a los personajes. Agatha Christie es una lección permanente sobre la arquitectura del relato: todo parece natural, pero nada está puesto al azar. En Arturo Pérez-Reverte admiro la inteligencia con que inserta destinos individuales dentro de procesos históricos complejos, sin que la erudición apague la acción. También me interesan Edward Rutherfurd (el autor de las novelas de Londres, París, New York) y Ken Follett por su capacidad para sostener grandes escalas narrativas, y he disfrutado mucho de las obras de Juan Sasturain, Jorge Fernández Díaz, Bioy Casares, Carlos Fisas y Salvador Madariaga, cada uno por razones distintas.

—Finalmente, una pregunta que debería ir al principio: ¿cómo definiría su novela?

—Los caballeros de la noche es una novela negra situada en el pasado. El policial me permite ordenar sospechas, secretos, procedimientos y zonas oscuras; la historia me da el escenario, la textura social y el peso de una época.

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