Por Omar Piña
[Talento y disciplina de Jean Pierre Bastian]
En 1860 se promulgó la libertad de cultos y, a partir de entonces, comenzaron a implantarse otras prácticas religiosas cristianas en el México del siglo XIX. Esa ley era una porción de la Reforma liberal mexicana que, en su conjunto, desencadenó una guerra. Una parte de las élites estaba de acuerdo con adoptar un sistema que instaurara los principios liberales, como la separación de la Iglesia y el Estado, secularización de cementerios y registro civil.
Por supuesto, las reformas mantenían la firmeza en dos sentidos, el anticatólico y el anticlerical. Se rompieron relaciones con el Vaticano; ningún obispo secundó y, de parte del clero, sólo hubo unos cuantos que apoyaron, y por eso les pusieron el mote de “padres constitucionalistas”. La otra facción era la élite “conservadora”, que abogaba por la continuación del modelo tradicional católico que había imperado desde hacía poco más de tres siglos.
Los vencedores de la guerra fueron los liberales y la república que lograron restaurar en 1867 mantuvo vigente la libertad de cultos. El entonces presidente Benito Juárez mantuvo cierta moderación y su gobierno permitió el establecimiento de unas 50 sociedades religiosas reformistas en todo el país. El protestantismo comenzó a adaptarse en núcleos de obreros y en comunidades indígenas en conflicto. Se trataba de núcleos o poblaciones con precariedades, tales como crisis económicas, cierre de fábricas y minas. También en comunidades en vías de descomposición por la expansión de las haciendas y el tendido de vías del ferrocarril. Pero en muchos casos eran asociaciones con más discursos anticatólicos que prácticas religiosas.
Tras la muerte de Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada asumió la presidencia. Y entonces “radicalizó la posición liberal en materia religiosa y buscó erradicar para siempre la influencia política del clero. Entre 1873 y 1875… hizo constitucionales las leyes de Reforma… e implantó un estricto control de las prácticas religiosas” (Bastian, 1988:473). Oficialmente, nuevas sociedades misioneras entraron a México, entre las que destacaron los metodistas, los presbiterianos y los congregacionistas. Los nuevos misioneros traían capitales y pactaron con dirigentes mexicanos.
Los extranjeros llegaron a México con un “modelo asociativo protestante”. Tenían dinero para construir templos, abrir escuelas y desarrollar su propia prensa. Los dirigentes mexicanos que se decantaban por el “modelo reformista” y dispusieron sus redes de comunidades religiosas. Pactaron al grado que el régimen de Lerdo registró a unas 129 congregaciones. El historiador Sebastián Bastian sostiene que fue un protestantismo pragmático y sin dogmas: no tomar, no fumar, respeto al matrimonio y la prohibición de los juegos de azar.
“En este sentido la penetración protestante, si la hubo, fue más bien una continuidad con el liberalismo radical de las sociedades religiosas reformistas y un modelo asociativo portador de valores y prácticas modernas que atrajo minorías liberales radicales” (Bastian, 1988:475). Cuando Porfirio Díaz asume la primera presidencia, hereda un régimen donde la mayoría de la población es católica, pero también se localizaban abiertamente las primeras minorías organizadas con otras éticas y morales, como las mutualistas, las espiritistas y los protestantes.
Porfirio Díaz negociaría con todos porque el régimen inició con una política de conciliación, y el liberalismo radical se tornó “un liberalismo conservador cuya meta era establecer el orden como garantía del progreso” (Bastian, 1988:484).
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Para mascar a fondo:
Bastian, J.-P. (1988). Las sociedades protestantes y la oposición a Porfirio Díaz, 1877-1911. Historia Mexicana, 37(3), 469-512.







