Por Omar Piña

[Talento y disciplina de María Eugenia Ponce Alcocer]

Gramática y matemáticas no suponían un problema para los administradores de las haciendas porfirianas; todos los días hacían cuentas y en la mayoría de las ocasiones, mantenían una correspondencia diaria donde informaban al patrón todo lo que sucedía. Ellos representaban al dueño, procuraban la conservación y el fomento de lo que tenían a su cargo: sembradíos, agua, pastizales, obrajes. Las haciendas eran unidades económicas donde también había que estar al tanto de actividades sociales y religiosas, como eran las fiestas, los bautizos, los matrimonios y los entierros. Además, eran negociadores con las autoridades locales.

Con el tablero dispuesto gracias a la exhaustiva investigación de la historiadora María Eugenia Ponce Alcocer, tratemos de asomarnos al funcionamiento de la hacienda porfiriana. Fue un sistema económico-social que hacía uso extensivo de la tierra y del agua, explotaba los recursos por cultivo o por arrendamiento. Con el “patrón” a la cabeza, la propiedad tenía una estructura social que articulaba a sus trabajadores en tres categorías. La primera era la de los llamados “meseros” y correspondía a todos los contratados que desarrollaban sus labores en una mesa. De allí seguían los “peones” o acasillados y finalmente los “semaneros”. También existían los “aparceros”, que eran arrendatarios, si llegaban a un acuerdo de dividir ganancias, entonces los llamaban “medieros”.

Distingamos el primer grupo, el de los meseros. El puesto de mayor rango era el correspondiente al administrador y por lo regular, era un familiar del patrón. Luego seguían los necesarios escribientes, mayordomos, trojeros, mecánicos, jefes de taller, médico y en algunos casos, un maestro. Recibían sus pagos correspondientes cada mes y a diario, les entregaban raciones de maíz. Era una minoría de administrativos que ganaban según la categoría.

Los “peones” constituían la mano de obra más numerosa de cada hacienda. No tenían ocupación fija, se mantenían de un sueldo de raya y de las siembras. Los “semaneros” eran mano de obra eventual. Ganaban un poco más que los peones, pero no tenían acceso a ciertas prestaciones como las consultas médicas, la escuela o la tienda de raya.

Encarnado en la figura del patrón, aquel sistema insular social fomentaba el paternalismo. En la práctica real, se trataba de relaciones sociales que se tejían a partir del comportamiento entre superiores e inferiores. Se cuidaba la eficiente transmisión de bienes y servicios. También procuraban la provisión de recursos a quienes carecían de medios. Se protegía; pero quien hacía de custodia, también tenía la facultad del castigo. 

Dimensionemos. Por ejemplo, con la modernización, se incorporaron máquinas y para su buen funcionamiento hicieron falta los técnicos especialistas que enseñaban oficio para formar a mecánicos y a maquinistas. En las haciendas pulqueras el trabajo del mayordomo del tinacal era delicado, se le veía como a una persona de suma importancia, puesto que de él dependía la calidad del pulque. En las haciendas ganaderas, había un “sobresaliente” a quien se le encargaba seleccionar pasto, revisar ojos de agua y criar animales. Los médicos y los maestros eran puestos excepcionales.

Los patrones o los dueños no siempre vivían en la hacienda. En sus casas de las ciudades tenían despachos donde otros administradores y contables, recibían y reelaboran los informes que provenían de las unidades de producción. En ese microcosmos donde semillas, aguas, cultivos, crianzas, maquinarias y otros giros producían dinero o generaban mermas ¿Todo era miel sobre hojuelas? Se deduce que la correspondencia del administrador sólo era leída por el patrón y que, de su puño y letra, se redactaban las decisiones más justas, más injustas y delicadas.

-o-

Para mascar a fondo:

Ponce Alcocer, M. E. (1995), Las relaciones de trabajo de los meseros de la administración en las haciendas porfiristas, Historia y Grafía, 5, p. 81-118.

Publicidad