En conversación con Leila Guerriero, el Premio Nobel evocó a un Jorge Luis tímido, anticuado e inimitable.

A través de las plataformas del Espacio Fundación Telefónica en Madrid, el escritor peruano-español, ganador del Premio Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, conversó vía remota con la periodista y escritora argentina Leila Guerriero en el marco de la presentación de su nuevo libro Medio siglo con Borges (Alfaguara, 2020), una colección de artículos, conferencias, reseñas y notas de testimonio, en torno a la persona y obra del poeta, ensayista y cuentista, tan argentino como universal, Jorge Luis Borges.

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En esta conversación, Vargas Llosa evocó sus encuentros con el autor de textos tan concisos como emblemáticos como El Aleph, La biblioteca de Babel, Funes el memorioso y Las ruinas circulares, por mencionar un puñado, incluyendo su primero contacto, en 1963, a la edad de 27 años, cuando Borges tenía más de 60 años.

“Recuerdo que tenía mucho temor a esa entrevista porque ya admiraba a Borges. La idea de entrevistarlo me paralizó un poco, pero se le veía tan indefenso, vulnerable, tímido, que uno se sentía tan envalentonado frente a ese personaje que en la realidad no se creía tan importante como cuando uno lo leía. Ahora, las cosas que respondía eran siempre muy inteligentes y revelaban algo de la inmensa cultura literaria que tenía”, confesó Vargas Llosa.

El Premio Nobel refirió que en Borges “había una especie de maldad pero sana”, cuya voz pública podía parecer políticamente incorrecta pero sin la intención. Reconoció en el argentino elegancia, cultura y una caballerosidad anticuada “que hacían que pasaran bien todas esas irreverencias que decía”.

Dijo que si bien, durante su juventud, buscando un lugar en el mundo editorial, observaba la obra de Jorge Luis Borges en las antípodas de lo que Vargas Llosa aspiraba como escritor, puesto que Borges rehuía de la doctrina sartreana de escribir para la época y abordar la política, quedó seducido por la prosa y las lecturas del nacido en Buenos Aires en 1899. Reconoció que, a pesar de leerlo de tiempo atrás, no se enunció como un lector públicamente devoto del argentino sino hasta ese mismo 1963, al que calificó como el año del descubrimiento generalizado de Borges en Europa.

“Inmediatamente comenzaron a aparecer sus libros en traducciones, muchas revistas le dedicaron números especiales y yo creo que a partir de entonces vino la inmensa popularidad que tenía en América Latina, pero fue un poco de rebote por el éxito que tuvo su ida a Francia. Ya era un hombre mayor, tenía muy poca vista; sin embargo, en ese momento le vino el reconocimiento, cuando el grueso de su obra estaba ya escrita”.

Elogió la capacidad de Borges para hablar en público, a pesar de la timidez que aparentaba. Daba la noción, dijo Vargas Llosa, de que aprendía de memoria sus propias conferencias, porque no vacilaba ni hacía pausas y hablaba con una precisión de escriba. Asimismo, reconoció en la prosa del argentino una adjetivación insólita, en la que hay tantas ideas como palabras.

“Además, él ayudó mucho a los autores latinoamericanos a perder un cierto complejo de inferioridad. Demostró que un escritor latinoamericano podía decir cosas originales sobre Shakespeare, sobre literatura francesa o clásica”, destacó y dijo que los autores del Boom latinoamericano, entre ellos Cortázar, García Márquez, Carpentier, Octavio Paz, sin duda eran lectores y admiradores de la obra de Borges.

Opinó que su estilo no tiene precedentes en la lengua española y, en cambio, es parte de un mundo propio, y su prosa contradecía a aquellas voces que opinaban que las letras españolas necesitaban de muchas palabras para explicar situaciones y emociones. El autor de La ciudad y los perros se dijo incapaz de reconocer en su obra las influencias de Borges por la magnitud de esa referencia; en cambio, reconoció su precisión como una encomienda.

“Creo que es el escritor más literario que he leído, porque todo lo volvió literatura: la religión, la filosofía, la historia. Aunque los profesores estudian minuciosamente todas las referencias que hacía, creo que pierden su tiempo. Esas referencias fueron una manera de amueblar sus fantasías, pero no tienen tanta importancia histórica ni filosófica sino una significación fundamentalmente literaria”.

El libro Medio siglo con Borges ya está disponible en tiendas digitales para su venta en versión electrónica.

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