Por Omar Piña

[Talento y disciplina de Beatriz Alcubierre]

El 13 de septiembre de 1847, las tropas invasoras estadounidenses asaltaron el Castillo de Chapultepec, que, por aquel entonces albergaba el Colegio Militar. De lo que no hay constancia ni rastros es de la existencia de un cadete llamado Juan Escutia. La historiadora Beatriz Alcubierre explica que “la leyenda del cadete volador se fue construyendo de manera espontánea, a través de la tradición oral, y es así como ha llegado a nosotros” (2022:1633). A ese relato del asalto se le fueron añadiendo características espectrales y una serie de elementos fantásticos. 

De aquello, las circunstancias, anécdotas y leyendas circularon en los ambientes del propio Colegio Militar. Pero fue hasta el afianzamiento del Estado Porfiriano cuando el acontecimiento se insertó de manera oficial. En marzo de 1884 las autoridades decretaron el “pase de lista” y la teatralización de la batalla. Quedaba inaugurada la fiesta nacional en conmemoración de un grupo de cadetes que, con el tiempo, se moldearon de adolescentes a “niños”. Para Héctor Aguilar Camín, se reafirmaba el “victimismo nacionalista y la heroicidad del caído” (Alcubierre, 2022:1611).

Oficializar el martirio de Chapultepec no fue una ocurrencia. Más bien, fue un calco de los modelos educativos y didácticos franceses concebidos a lo largo del siglo XIX. Con el estallido de la revolución francesa de 1789 surgieron episodios que narraban participaciones anónimas cuyos desenlaces eran los martirios. El público galo estaba mentalizado en su tradición religiosa medieval: el sacrificio de infantes que defendían sus valores cristianos provocaba devociones por los niños muertos. A partir de 1789, los valores religiosos franceses fueron reemplazados por idealizaciones y leyendas afines a un orden civil, patriótico. La esencia y el resultado eran los mismos.

Esas transferencias se adaptaron con éxito. La Tercera República Francesa echó mano de la mitología revolucionaria y la volcó en coloridos y detallados relatos de héroes martirizados. Los escritores producen materiales pedagógicos y las autoridades mandan imprimir compendios, que distribuyen por todo el país e imponen como lecturas obligatorias. El catecismo y las hagiografías ―vidas de santos― se sustituyen por las nuevas formas de narrativa cívica, con su evidente carga ética y moral. La narración de tragedias, vidas ejemplares, actos de valentía se convierte en fábulas pedagógicas. Una eficiente literatura escolar.

Fueron acciones planeadas. Las obras de historia que llegaban a las escuelas básicas eran manuales de educación cívica y contenido nacionalista. Probado el éxito francés, en ese México con régimen porfirista se hizo lo mismo. Don Justo Sierra compone una Historia patria que siguió el modelo de ofrecer pequeñas biografías y cuadros episódicos. Y comenzaron a nutrirse algunos mitos nacionalistas que aún perviven. 

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Para mascar a fondo:

Alcubierre, B. (2022). Bara, Viala y Escutia: el modelo del niño héroe y el sacrificio infantil en la retórica del patriotismo. Historia Mexicana, 71(4), 1611-1648. 

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