Por Omar Piña

[Talento y disciplina de Rafael Castañeda García]

Amontonados en la superficie de un barco que se aproxima al puerto de la Vera Cruz, reciben el bautizo decenas de seres humanos que habían sido arrancados de sus aldeas africanas. Quizá no es importante que escuchen las fórmulas que un eclesiástico les recita en latín porque no entienden una palabra. Como parte de un rito incomprensible, los han sacado de las barracas en las que los transportaron para que recibieran apenas unas gotas de agua. No entienden las palabras portuguesas o castellanas que hablan sus captores; mucho menos las del náhuatl de los indios que conocerán pronto.

De su captura hasta llegar al puerto novohispano, la travesía se prolongó durante unos cuatro meses. Tienen en común que proceden de África central y que sus destinos serán los trabajos forzados. Algunos irán a los campos de cultivo de la caña de azúcar y a los ingenios, donde se vivirá penosamente, pues las condiciones son infrahumanas. A otros los espera el subsuelo de los pasillos y túneles mineros; muchos no verán la luz solar y, en los socavones, perderán dedos, o manos, piernas o brazos. En las haciendas que comienzan a fundarse para surtir de productos a los centros mineros, también hace falta mano de obra. Son lugares de producción agrícola, ganadera, carbonera.

Se tratase del ingenio, la mina, la hacienda o el obraje de la ciudad: el tiempo regular de una jornada es desde el amanecer hasta más o menos las diez de la noche. Los momentos de descanso son escasos para quienes son esclavos. Sus compradores han invertido sumas cuantiosas:

Para tener un equivalente que permita la comparación del valor de un esclavizado en la sociedad novohispana, retomemos el caso de la ciudad de Antequera (Oaxaca). Para 1692 una vaca costaba unos 6 pesos y un burro, 25 pesos, mientras que una casa en la zona oriente de la ciudad valía 350 pesos. En ese año, el valor de una esclava de 21 a 25 años tenía un precio de 410 pesos, el equivalente al costo de 16 burros, y el de una esclava de 16 a 20 años se equiparaba al de 79 vacas, es decir, 474 pesos (Castañeda: 2021)

Los niños eran más baratos y su valor llegaba a tasarse en unos 230 pesos. La rentabilidad se calculaba entre el precio y lo que el ser esclavizado produciría. En las minas y las zonas agrícolas, la esperanza de sobrevivir a esas condiciones era de aproximadamente diez años.

Aquella presencia de esclavos en la primera centuria novohispana tiene una explicación. Un alto porcentaje de la población nativa había muerto a causa de las nuevas enfermedades que llegaron a convertirse en epidemias, como la viruela y el tifo. Por una parte, el territorio quedó despoblado y por otra, se descubrieron los yacimientos mineros. No habían pasado quince años de la caída de Tenochtitlán cuando ya se habían descubierto vetas en Michoacán, Taxco, Zumpango, Sultepec, Zacatecas, Zimapán, Temascaltepec y Guanajuato.

La sociedad novohispana requirió mano de obra forzada. Y le llamó “bozales” a los esclavos que trajeron directamente de África. Como “ladinos”, llamaron a los nacidos en Portugal, España o Antillas. “Negros criollos” se puso a los nacidos en Nueva España.

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Para mascar a fondo:

Castañeda García, R. (2021), Esclavitud africana en la fundación de Nueva España, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México.

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