Por Omar Piña
[Talento y disciplina de Jaddiel Díaz Frené]
Fonógrafos y gramófonos eran aparatos que los mexicanos de los tiempos de don Porfirio conocían como “máquinas parlantes”. El sonido se grababa en cilindros recubiertos de estaño y cera; esos dispositivos permitían la reproducción y audición de piezas variadas. El repertorio de las muestras sonoras variaba, podían ser recreaciones de corridas de toros, corridos que narraban la historia del bandolero de moda, marchas militares, fragmentos de ópera y por supuesto, cuentos, leyendas y ficciones.
Esa fue tecnología vertida en el entretenimiento. Pero tener un fonógrafo en casa no era algo común. Había solución, a cambio de un centavo, los “sonidistas” de la época rentaban audiciones. Por calles principales, plazas, atrios de las iglesias y otros lugares de tránsito andaban aquellos “comerciantes de sonidos que recorrían la ciudad ofreciendo la posibilidad de escuchar las más famosas grabaciones del momento por unos cuantos centavos” (Díaz, 2024: 1213).
Como en toda empresa humana, el alquiler de las audiciones en fonógrafos fue un éxito, pero hubo detalles. Por su alta demanda y uso inmediato entre la clientela, los audífonos se ensuciaban tanto que se convirtieron en transmisores de enfermedades auditivas. Para el mes de abril de 1895, las autoridades comerciales y sanitarias de la Ciudad de México emitieron una orden para que los sonidistas llevaran una solución de ácido bórico y tras cada uso, desinfectaran las boquillas de los audífonos.
Y uno de los tantos metidos al negocio de las “máquinas parlantes” fue un tal Julio Ayala. Era un pequeño empresario, vendedor de bicicletas y fonógrafos a quien también, se le daban momentos artísticos, teatrales. Ayala sacó partido de sus capacidades histriónicas e hizo negocio del fino arte de contar historias. Compuso argumentos sobre momentos históricos que, por supuesto, tuvieron su público.
En 1902 fue su primera etapa como hacedor de episodios nacionales. Las producciones inaugurales de Ayala abarcaron los episodios más representativos de la insurgencia. Despachó sus versiones sobre el grito en Dolores, el asalto de Granaditas, las batallas importantes y el fusilamiento de los héroes. A pesar de la considerable dificultad de producción ―dado que los contenidos debían ser muy concretos por la escasez del tiempo disponible en cada grabación― el empresario grabó sus episodios con efectos de sonido y la participación de otros actores. Eso le dio variedad.
Por vía de los informes en cartas comerciales, el trabajo de Ayala fue comunicado a las compañías norteamericanas, como la National Phonograph y la Columbia Phonograph. Fue hacia 1910, cuando el festejo por el centenario de la independencia mexicana pone de moda los temas históricos y entonces, la Columbia Phonograph pide a un cazatalentos neoyorquino que compre al señor Ayala una serie de dramatizaciones en audio para lanzar una colección de episodios nacionales.
Uno de los episodios que graba Ayala recrea un momento histórico aún fresco en la memoria nacionalista de los mexicanos. Dedica una dramatización al día en que las tropas invasoras de Napoleón III abandonan la Ciudad de México y dejan a Maximiliano de Habsburgo sin el respaldo de un ejército profesional. Ese 5 de febrero de 1867 fue recreado con detalles. Aquella producción incluyó música de fondo y sonidos especiales, como campanas, caballos, marchas. Ayala basó el guion de su episodio en una novela que para entonces era reciente, el Maximiliano, leyenda histórica de Ireneo Paz tenía apenas diez años de publicada.
El de 1910 era un México con una población mayoritariamente analfabeta. Ayala confiaba en que sus audios podrían funcionar como material educativo, porque si algo cuidaba además de los efectos, era que sus versiones históricas no contradijeran la versión oficial. Con toda probabilidad, el estudio de grabación se instaló en el Hotel Porters, donde sólo admitían huéspedes estadounidenses. Se grabaron 20 episodios. Pero estalló la revolución.
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Para mascar a fondo:
Díaz Frene, J. (2024). Una historia sonora de la intervención francesa. Ficciones desde un taller para fonógrafos y bicicletas (México, 1902-1920). Historia Mexicana, 74 (3), 1201-1254.







