Por Omar Piña

Si deseamos aproximarnos a lo que era la vida cotidiana y la cultura en Mesoamérica hay una obra monumental llamada Historia general de las cosas de la Nueva España. El fraile Bernardino de Sahagún consignó allí lo que sus informantes le dijeron. Fue una proeza de paciencia, disciplina y tiempo, dado que la documentación fue paulatina y llevó más de treinta años en su composición. Si allí se busca sobre las infancias, hay una detallada relación de las enseñanzas, disciplinas y castigos que los mayores imponían durante las crianzas.

También de obras similares se desprende una extensa información. Con ese mosaico y las nuevas investigaciones es posible que los lectores del siglo XXI comprendamos algunas prácticas, tales como el sacrificio de niños. Se creía que esa “práctica… se debía particularmente a la convicción de que estaban estrechamente relacionados con las lluvias, porque eran pequeños, como los ayudantes de Tlaloc” (Alcubierre y Sosenski, 2024:36). Las lágrimas propiciaban buenas lluvias.

En el área maya, por ejemplo, se deduce que los sacerdotes ofrecían el corazón y tras desmembrar los cuerpos, arrojaban los restos al interior de los cenotes. La explicación era que los niños hacían de mediadores con las deidades de la lluvia. Para el mundo de influencia nahua el sacrificio tenía su recompensa y era habitar en el Tlalocan, un “espacio interior de la tierra, un lugar desde donde germinaba el maíz y cuyos veranos perennes y frutos abundantes mantenían a los moradores en permanente regocijo” (Alcubierre y Sosenski, 2024:38).

Asimismo, se debe considerar la elevada tasa de mortalidad infantil. Para las muertes tempranas se ideó un paradero en el más allá. Aquellos que fallecían durante la lactancia iban a parar al Chichihualcauhco, un lugar donde se erguía un árbol nodriza, pues de sus ramas colgaban mamas rebosantes de leche.

En aquel mundo, el trabajo de parto era interpretado como una batalla. A la mujer que sobrevivía se le consideraba una vencedora que llevaba una especie de prisionero a la casa. Y a partir de ese momento iniciaba la crianza según el sexo:

La diferenciación sexual y genérica se establecía desde el nacimiento. Si el niño era varón, su cordón umbilical se entregaba a los guerreros para que lo enterraran en el campo de batalla, así se aseguraba el gusto del niño por la guerra. Si la bebé nacía mujer, el cordón umbilical se enterraba debajo del hogar, con eso se incentivarían las labores domésticas que haría en el futuro (Alcubierre y Sosenski, 2024:27).

Si alguna de las parturientas moría, entonces se le consideraba divina, sus dedos y cabellos eran preciadas reliquias-amuletos que codiciaban los guerreros, pues les permitían obtener valentía y fuerza. Era parte de las creencias y cosmovisiones.

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Para mascar a fondo:

Alcubierre, Beatriz y Sosenski, Susana (2024), Historia mínima de las infancias en México, Ciudad de México, El Colegio de México.

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