Por Omar Piña

[Talento y disciplina de Mario Alberto Roa López]

La Muerte rondaba y en lugar de una piel de oveja llevaba consigo dos capotes, el de la viruela y el del matlazahuatl. Para el año de 1762, tan sólo en la barriada central de la capital novohispana se calcula que habían fallecido poco más de 6 mil personas y por aquel entonces, se deduce que la ciudad de México tendría unos 120 mil habitantes. La peste provocada por las epidemias mostraba un cuadro desolador a los ciudadanos: carretones para transportar cientos de cadáveres y apertura emergente de nuevos cementerios.

Tal situación originó contrapunteos entre las autoridades civiles y eclesiásticas, porque se debía atender con premura la “atención de enfermos, la instalación de hospitales, la organización de rogativas, el establecimiento de nuevos cementerios y el manejo adecuado de los cuerpos” (Roa, 2025:123). 

El orden de la vida cotidiana estaba alterado y para aquellos creyentes y temerosos habitantes parte de la solución consistía en aguardar un milagro providencial. El 23 de abril de 1762, el Cabildo de la Ciudad de México tomó la determinación de organizar una procesión con la virgen de Loreto, la llevarían al templo de La Profesa. Era la tercera intervención celestial a la que acudían, porque la virgen de los Remedios ya estaba en la catedral. Y en Tepeyac, la virgen de Guadalupe también era merecedora de rezos y rogativas para que ayudase a parar las epidemias. Semejantes cantidades de eventos religiosos confirman la severidad del caso.

La viruela había arribado desde la conquista en el siglo XVI y fue constante en todo el periodo virreinal. En su Historia General de las Indias, el fraile Bernardino de Sahagún refirió que la “pestilencia mató grandes gentes sin número. Muchos murieron de hambre, porque no había quien pudiese hacer comida. Los que escaparon de esta pestilencia quedaron con las caras ahoyadas y algunos con los ojos quebrados”. Las epidemias de viruela fueron devastadoras, al grado que cuando la población india descendió considerablemente, los conquistadores optaron por la importación de esclavos negros para sustituir la mano de obra nativa.

Por las características que narran los testigos y sobrevivientes, el matlazahuatl se trata de un “Tifo exantemático”. Fiebres, fatiga, migraña, erupciones en axilas, pecho y espalda; náuseas, vómitos, alteración del estado mental.

Aunque presentes en el territorio novohispano, las epidemias no desencadenaron males semejantes. Pero hay dos constantes: el clima y la crisis social. En cuanto al clima, las favorecieron fenómenos climáticos como la sequía y las lluvias extremas. Falta y exceso de agua provocaba pérdida de cosechas y muerte de ganado. La escasez desataba subida de precios. Y cuando la presencia de las enfermedades, los decesos humanos suscitaban la disminución de la población adulta y con ello “afectaría el abasto de alimentos o fuerzas de trabajo que se requería en actividades ganaderas, manufactureras o mineras” (Roa, 2025:114).

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Para mascar a fondo:

Roa López, M. A. (2025). Entre fenómenos climáticos y crisis agrícolas Las epidemias de viruela y matlazahuatl en la ciudad de México, 1761-1762. Estudios De Historia Novohispana, (74), 98–134. https://doi.org/10.22201/iih.24486922e.2026.74.77935

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