Por C. Rubio Rosell/Zenda
Dicen que el fútbol se inventó en Inglaterra. ¿Seguro? Hace mil ochocientos años, unos pobladores de lo que hoy es México jugaban a la pelota, hecho que se ha descubierto tras unas excavaciones realizadas por arqueólogos mexicanos, cuya historia relata el libro El juego de pelota mesoamericano: Temas eternos, nuevas aproximaciones, editado por la historiadora María Teresa Uriarte Castañeda y publicado bajo el sello de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el cual reúne textos de autores como Eduardo Matos Moctezuma, Erik Velázquez García, Jesús Galindo Trejo, Verónica Hernández Díaz, William y Barbara Fash, Sergio Gómez Chávez, Julie Gazzola, Bárbara Arroyo, Annick Daneels y Lorena Paiz Aragón. En esta obra se desmenuza la gran importancia que tenía el juego de pelota en los pueblos mesoamericanos, cuya semejanza con el fútbol actual trasciende los parámetros occidentales, ya que su práctica podía cumplir funciones religiosas, políticas, deportivas e incluso económicas. Como ha explicado Uriarte Castañeda, “ni la llegada de los españoles, quienes buscaron prohibirlo para someter a los sobrevivientes del imperio mexica lograron erradicarlo por completo”, y se sabe que había distintas formas de practicarlo, porque había quienes lo jugaban con el antebrazo, con la cadera e incluso con el pie, hecho del cual hay una representación en Teotihuacan, en Tepantitla, que data del año 450 al 650. Sin embargo, la historiadora señala que las primeras evidencias del juego de pelota no provienen de representaciones pictóricas, sino de vestigios, pues se han encontrado pelotas que datan del 1800 a.C., las cuales pertenecían a la civilización olmeca, y en algunas de las crónicas del siglo XVI ya se dice que a los europeos les impresionaba la elasticidad de los balones mesoamericanos hechos con hule e hidratados constantemente. Uriarte Castañeda aclara que en esos partidos prehispánicos no hay evidencia real de que al ganador se le sacrificara, sino todo lo contrario, era al perdedor al que se le quitaba la vida como una oportunidad de resarcir su honor, pues si un cacique que había subyugado a otro militarmente lo invitaba a jugar, era con la finalidad de que perdiera y, de esa manera, el dominado podía morir de una manera honorable ante la sociedad. Tampoco se trataba únicamente de una práctica meramente ritual, agrega la historiadora, porque cuando llegaron los conquistadores ya era algo lúdico. “Más que un juego”, expone, “era un acto pluricultural. Lo practicaban mayas, olmecas, teotihuacanos y mexicas, por nombrar algunos en territorio nacional, sin mencionar a los habitantes de lo que ahora es Guatemala y Honduras. Esto permitió que muchos testimonios históricos sobrevivieran, tanto en murales como en los materiales que usaban varios pueblos para crear canchas e instrumentos”. Uriarte Castañeda afirma que la práctica cambió mucho debido a que se trata de una actividad que pudo comenzar a desarrollarse hace más de tres mil años en América. “La función pudo variar. Sabemos que los olmecas tenían pelotas de hule, pero ¿cómo las usaban? No sabemos porque aún no se ha descifrado mucho de la escritura olmeca. En El Opeño, Michoacán, hay jugadores plasmados en piezas cerámicas. Dainzu, la ciudad zapoteca, es conocida por sus relieves, donde quedaron inmortalizadas las figuras de jugadores. Si nos vamos a Quintana Roo, por ejemplo, el único lugar que tiene una cancha para el juego de pelota es Cobá; esa ciudad tiene 2 mil 100 años aproximadamente”. En nuestros días, recuerda Uriarte Castañeda, sigue habiendo jugadores de pelota herederos de aquellas ancestrales tradiciones, como los jugadores de pelota mixteca, muchos de los cuales se encuentran en Estados Unidos, en la localidad de Salinas, California, ya que la comunidad oaxaqueña migrante llevó la tradición con ellos y ahí adquirió popularidad. Para que luego vengan los ingleses a decir que ellos inventaron el fútbol.
EL DIFÍCIL OFICIO DE SER PERIODISTA EN MÉXICO
Otro periodista ha sido asesinado en México y ya van siete en lo que va de año. Se trata de Alejandro Leyva Aguilar, un modesto comunicador del estado de Oaxaca. Dos sicarios lo balearon mientras comía plácidamente en un puesto callejero. Se dice que el portal de internet donde publicaba sus informaciones, El Zumbido del Moscardón, incomodaba a muchos poderosos, entre ellos el Gobernador del Estado, Salomón Jara, a quien acusaba de tener “al narco metido hasta las narices” en su Administración, lo que explicaba, decía, el aumento de la violencia en la región. Se apunta que en una de sus últimas publicaciones había denunciado un esquema de despojo de tierras y blanqueo de dinero mediante inversiones en desarrollos hoteleros, un negocio que presuntamente involucra a narcos y funcionarios del partido gobernante, Morena, a los que Leyva mencionaba por su nombre. Antes de él, por razones parecidas y pese a que algunos de ellos estaban inscritos en mecanismos de protección institucional que a la vista está han servido de nada, han caído asesinados Carlos Castro y Luis Angel López en Poza Rica; Juan David Gámez en Nuevo León; Roxana Guzmán en Veracruz; Alex Serna en Zihuatanejo, y Josué Martínez en Puebla. Como se ha afirmado con tristeza y absoluta razón, cada una de estas muertes expone los grandes fallos del Estado mexicano y su cómplice indolencia ante un problema que tiene enfrente y no hace más que empeorar. Qué desgracia.







