Por Orlando Guillén/Tururúctu

Escribí este texto en 1982. Lo reviso apenas y lo doy nuevo para recibir a mis muertos. Mi hoy difunto amigo Paco Seguí intentó sin éxito su publicación en El Periódico de Barcelona, donde lo juzgaron ‘político’, carácter que no reviste ni revestía, sin entender realmente más allá de alcaldes y alcaldadas su naturaleza: poema en prosa, río de esos muy crecidos. La referencia municipal simplemente comadrona lo alumbró rompiente de cenizas de aguas profundas que una vez en cresta superficie de altas olas es lo que la resurrección a la serpiente alada: sube al cielo y pega un grito de estrella de la mañana y de la tarde y en la noche se sigue viva… Mi difunto amigo Froylán Flores Cancela lo publicó entonces en Jalapa, sabiéndolo como Paco escrito en gracia de poesía. ¡Bienvenidos ambos e integraos pródigos entre la pléyade pelona de mis muertos a esta ofrenda adelantada! •

Muerte bastarda en Barcelona
Orlando Guillén

…arda el alma en aroma mental!
Sor Juana

En el cementerio del Norte de Barcelona el horno crematorio de la planta incineradora de cadáveres está ya encendido.

A los griegos de la vieja patriarquía teopolita preocupaba para los muertos ofrecer las rituales libaciones y, en demérito de la buena mesa de las aves y las fieras de rapiña, surtir el sobrio banquete ilustre de los gusanos. Severos teomonitas los hebreos dejaban que los muertos enterraran a sus muertos.

Los dos ríos más inmediatos que desembocan en el mar de esta catástrofe que hoy conocemos como civilización occidental no son así salvo por excepción ritual fuente de la expedita ceremonia de arrojar nuestros despojos a la piedad del fuego. El fenómeno se explica al interior de culturas tales cuyos héroes y semidioses vivos iban al y volvían del reino de los muertos.

Heraclés recluta para la vida entre los muertos a uno de sus benefactores y es capaz de capturar a Cerbero, llevarlo ante Euristeo y traerlo de regreso a su agujero negro. En las profundidades del Hades Odiseo vivo es virulentamente repelido por Áyax muerto: «No intentes consolarme de la muerte». «Levántate, y anda», ordena Cristo al obediente cadáver de Lázaro, y, más tarde, en el año 33 de la era que llevará su nombre, él mismo sacúdese el saco de la muerte.

En la historia general de manera distinta tentalearía en la sombra la arqueología antropognóstica si al descubrimiento del fuego hubiérase propagado la práctica de la cremación de la carroña humana. Sólo polvo quedaría de la noche del pasado, llamarada ciega.

El clan prefirió que el fuego alumbrara el alumbramiento de un nacidomuerto: la reencarnación, la resurrección de la carne, la transmigración. Hijos dejó por todas partes este sueño pródigo. Cuajos vanamente arrancados al futuro. Una pata de ave fénix entra al mito por esta puerta falsa. Con la otra pisa cielo Quetzalcóatl al colarse por puerta aunque pariente verdadera.

Me parece que los amores que hicieron posible la progenie de esta incineratoria costumbre todavía reacia a los tumultos se ventilan al aire de siglos más recientes y de más sórdida tecnología. En Europa, por ejemplo, la imprenta y el cadalso eximen de la necesidad de la memoria mítica de la especie, sobre todo cuando la eficacia de la nave de Dios sobre la Tierra comienza a hacer agua a borbotones. Súbitas se alzan las chimeneas de la Inquisición, y puede comprobarse desde los templetes del poder qué bien arden los heresiarcas, las brujas, el espíritu de los locos, los versos de Juan de la Cruz, la noche oscura, y cómo los muertos no retoñan. Y entre otros brotes civiles también de esta costumbre antecedentes Juana de Arco entre los herejes patriotas iluminados.

Pero el mundo avanza a trote de caballos de fuerza. Voy a resumir en un rayo manifiesto el paso del azar sobre estos que siguen antecedentes finales: los grandes crematorios nazis, la silla eléctrica, los bonzos de Vietnam.

Bordean el litoral de la evidencia las aguas del hecho de que la costumbre de enterrar a los muertos marca el paso de la especie sobre el planeta. Esto obvia con suficiencia por qué a pesar de haberse convertido en un infame comercio y costando carísimo sostenerla prima que yo sepa sobre la barata, precisa y sospecho que higiénica y piadosa de quemar la barca que acabamos de dejar vacía.

En el cementerio del Norte de Barcelona el horno crematorio de la planta incineradora de cadáveres está ya encendido. Saqueo notas periodísticas: esta planta es capaz de reducir a polvo 2 000 cuerpos al año, cifra que representa el 11 por ciento de los servicios mortuorios que requiere la ciudad. Se encuentra en período de pruebas, y para finales de este mes está prevista su entrada en actividad formal. La planta cae bajo la responsabilidad del ayuntamiento. Un ahorro estimable del orden del 50 por ciento en los gastos de inhumación propiamente dichos y del 70 en el costo del nicho supone a los deudos la cremación de un muerto.

Los prójimos son los últimos datos que gloso: el horno crematorio de Barcelona se ha instalado siguiendo las normas más estrictas para evitar la contaminación, según el modelo suizo. A diferencia de los de Madrid y Zaragoza que funcionan con gas, el del cementerio Norte es eléctrico. La planta incinera un cadáver en una hora, pero los familiares tendrán que esperar por lo menos dos horas y media para recoger la urna: ese tiempo se necesita para el enfriamiento de las cenizas y la separación de los restos humanos de la madera y los clavos del ataúd, lo cual se ejecuta mediante un procesamiento de aspiración e imán.

Era de esperarse que la conformidad de la familia cuya intención se hace expresa por el hecho de solicitarlo fuera suficiente para acceder al servicio. Esto no sólo porque así se procede en la inhumación tradicional sino porque por razones de espacio y baratura de costos este tipo de servicio apunta al futuro y por su naturaleza misma tiende a ampliarse. Pero no. Según las informaciones al respecto, “se necesitará un certificado médico que acredite que ha sido una muerte natural, la conformidad de la familia o un documento notarial del finado conforme lo deseaba”.

Dejando a un lado la extrañamente refinada forma que la burocracia cobra frente a la muerte cuando no basta un documento autógrafo pues que se exige notarial, parece establecerse inopinadamente un oscuro sistema de discriminación hacia los muertos.

Si por muerte natural se entiende la que es producto de una enfermedad o del clásico paro cardiaco, y no la expresión filosáfica que postula toda muerte como muerte natural, habrá que concluir que no podrán incinerarse los cuerpos de aquellos que murieron por muerte violenta. Quedarán así fuera de comercio crematorio las muertes de los suicidas, las de los asesinados, las deportivas de los boxeadores, las de las víctimas del terrorismo o de los accidentes, y otras no menos ejemplares.

Muerte. Muerte natural. Y muerte bastarda en Barcelona •

[1982; revisión: 24/10/2026] •

[Crédito de imagen: Dr. T. Tomada de la web] •

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