Por Julián Andrade

  • El revisionismo histórico está en boga, pero es un camino que puede conducir a donde no se quiere. No hay que borrar el rastro de la historia: hay que explicarlo. Con Hernán Cortes en los volcanes o con Fidel Castro en la colonia Tabacalera.

El Paso de Cortés ya no se llamará así. Lejos de ser anecdótico, el cambio de denominaciones históricas, cuando no van acompañadas de una labor pedagógica, suele generar lo contrario de lo que pregonan.

Hernán Cortés no es un personaje popular en nuestra historia patria, nos enseñan desde la educación primaria –no sé si con el debido tino– que fue un conquistador cruel y malvado, pero no por ello se le tiene que expulsar de una memoria colectiva que permite apreciar lo que es México en su diversidad.

El camino entre los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl, por el que cruzaron los españoles para llegar a Tenochtitlán, será ahora el Paso de los Pueblos Indígenas.

¿Ayuda esto en algo a las comunidades indígenas? Por supuesto que no, ya que no implica programa alguno de mejora, más allá de los que ya se aplican y no con mucha fortuna.

¿Es de utilidad en términos históricos? Tampoco, porque negar lo ocurrido solo servirá, con el tiempo, para nublar las zonas más complejas y debatibles del pasado.

Para lo que sí servirá, en cambio, es para polarizar, que es la dinámica que inició con el retiro de la estatua de Cristóbal Colón del Paseo de la Reforma para dejarla arrumbada en una bodega.

Esto contrasta con las críticas que se lanzaron, desde el propio poder, cuando la alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo, decidió quitar las piezas de Fidel Castro y Ernesto “El Che” Guevara, argumentando que no eran personajes dignos de ser recordados en la colonia Tabacalera.

Una acción reprobable, más allá de la opinión que se tenga de los dirigentes de la revolución cubana, como también lo son las del otro extremo del cuadrante.  ¿Fidel sí, Cortés no? Un disparate.

¿Quién decide el valor de lo histórico? Es una pregunta esencial y no fácil de contestar, pero no deben ser los gobernantes en turno porque será el cuento de nunca acabar.

En todo caso, debería darse un debate parlamentario y consultar a grupos interesados e historiadores.

Por ejemplo, en el caso del Paso de Cortés, ¿qué dirían los tlaxcaltecas de una interpretación histórica que solo se decanta por los aztecas? ¿Hay que renunciar a la complejidad en las explicaciones sobre el México antiguo y las estructuras de dominio que existían en Mesoamérica?

Los más grandes impulsores de la figura de Cortés son, en la actualidad, quienes pretenden negarlo de modo absoluto, como si lograr que se esfume de la historiografía –algo imposible, por lo demás—conjurara todos los demonios de hace cinco siglos.

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