A menudo la gente me hace esta pregunta. Ya no me asusta ni mucho menos me incomoda. Quienes me conocen saben de mi pasión por el futbol, por eso cuando me ven son conscientes que si quieren sacarme una palabra de la boca, debe ser con temas de la pelota.

Me llamo Gerónimo, sí, pensaron bien, quizá de ahí mi vocación para tirarme al vacío cada que se puede. Tengo 30 años, recién cumplidos, de los cuales, por lo menos 24 los he dedicado a alentar al Atlético Acevedo, el equipo de mi vida.

¿Por qué le voy a un equipo que siempre pierde? Es la pregunta eterna, y quizá tengan razón, la duda es válida si se toma en cuenta que el futbol es algo así como un espectáculo y, que yo sepa, a los espectáculos se va a disfrutar, no a sufrir. Claro, es cierto que el deporte tiene sus cosas, que a veces se gana y a veces se pierde, el tema es que con el Atlético Acevedo siempre se pierde; hablamos de campeonatos, cabe aclarar, porque partidos los puede ganar cualquiera, sería imposible perderlos todos, por más mala suerte que se tenga. El problema viene al momento de los juegos decisivos. Ahí sí que siempre nos va mal. Tan mal que en todos los años que llevo yendo a la cancha nunca hemos podido salir campeones.

La gente se burla. Hacen tantas bromas y tan malas que hasta mejor me río. Imagínese que un día, cuando el Atlético llegó a la final y todo parecía indicar que ahora sí era la buena, los vándalos del Acevedo pintaron en las paredes de mi casa las instrucciones para celebrar un título. Yo me moría de la rabia, la gente pasaba y se ría en mi cara. ¡Ánimo, Gero! Me gritaban los vecinos, mientras me sacaban fotos descaradamente. Lo peor es que por la noche igual perdimos y de poco sirvió la vergüenza.

¿Por qué le voy a un equipo que siempre pierde? Me preguntan, y al principio no sabía ni qué responder. No sé, les decía, porque en realidad no tenía idea. Dicen que uno cuando elige equipo, siempre lo hace por cuestiones familiares. En mi caso es distinto. Toda mi familia le va al F.C. Acevedo, el otro equipo de la ciudad, y que siempre, por cierto, se ha caracterizado por ganarlo todo, por tener a los mejores jugadores, por ser exitoso. Todo lo contrario al Atlético.

Muchas veces me he puesto a pensar en la respuesta, e irremediablemente termino acordándome del día en el que decidí ser del Atlético Acevedo. Es algo así como una reivindicación de ideales, como para que no se me olvide. Fue un domingo caluroso. Yo tenía apenas seis años, edad suficiente para firmar mi condena en términos futboleros, porque, aunque con esos años uno sigue siendo niño para muchas otras cosas, ya entiende a la perfección lo necesario para decidir a qué equipo irle.

Ese día el Atlético Acevedo y el F.C. Acevedo disputaban la final del campeonato. Mi padre y mi abuelo, presos de la euforia que se vivía en la ciudad, me pusieron la playera de su equipo y hasta me pintaron la cara con los colores verdiblancos. Yo aceptaba sin mediar palabra, sin embargo, muy en el fondo sabía que esa decisión la tenía que tomar yo.

Salimos temprano a la cancha. Quien conoce Acevedo sabrá que una de las peculiaridades de la ciudad radica en que sus dos estadios están apenas separados por el Río Cuenca. Por lo que cuando uno está en la parte más alta del “Gigante” de Acevedo puede ver sin problemas la tribuna roja del “Infierno”, casa de mi Atlético.

El partido definitivo se jugaría precisamente en el “Gigante”, por lo que la mayoría de los boletos se vendieron a los aficionados del F.C. Acevedo, mientras que apenas unos cuantos fueron destinados para el público rival. Conscientes de que no podían abandonar a su afición, la directiva del Atlético tomó la decisión de abrir las puertas de su estadio, para quienes quisieran seguir el partido desde ahí.

Como era de esperarse, aquel día la ciudad era un verdadero caos. En las inmediaciones del estadio se podían ver ríos de gente. Algunos con los colores verde y blanco y otros tantos con el rojo del Atlético. Después de caminar por poco más de media hora, finalmente logramos llegar a nuestros asientos, en lo más alto de la tribuna norte.

Era impresionante ver cómo ambas canchas se iban llenando de a poco, como un homenaje a una rivalidad hermosa. Al cabo de unos minutos, aquello ya era una guerra de cánticos que se extendió durante horas. Con los dos estadios a reventar fue que llegó el momento del partido. Yo miraba atónito lo que pasaba, mientras mi padre me veía de reojo, como esperando el momento exacto para confirmar que ya estaba todo hecho, que no había marcha atrás.

Después vino el silbatazo inicial. El partido fue tenso, cerrado, como sólo podía ser un clásico en el que se define un título. El F.C. Acevedo había sido campeón hacía poco, sin embargo, el Atlético sólo tenía un título en su historia, y de eso habían pasado décadas. Fue algo maravilloso escuchar el aliento de la gente. Cuando la porra local cantaba, de inmediato llegaba la respuesta desde la grada del otro estadio. Y así repetidas veces.

Como casi siempre ocurre en esta clase de historias, cuando el tiempo parecía agotarse, llegó la fatalidad, esa que siempre acompaña a los equipos perdedores. Tras un poste del Atlético, un contragolpe fulminante del F.C. Acevedo terminó en gol. Por supuesto, el estadio estalló en júbilo, y se escuchó un estruendo que casi me deja sordo. Mi padre, vuelto loco, me cargó y luego se fundió en un abrazo con mi abuelo. En ese momento aproveché para voltear a ver el estadio de al lado, y descubrí con asombro que, pese al gol en contra, ellos seguían alentando a los suyos como si nada hubiera pasado.

Yo me quedé frío al escuchar cómo los gritos del “Infierno” volaban, cruzaban el río y luego opacaban por completo a los del “Gigante”. Por supuesto que le pregunté a mi papá el porqué cantaban si iban perdiendo, y sin saber realmente qué decirme, sólo respondió que seguro no se habían dado ni cuenta que ya les habían anotado, pero yo no le creí.

Cuando el árbitro pitó el final, los cánticos provenientes del “Infierno” fueron más fuertes que todo. En ese momento no pude evitar sentir una emoción que nunca antes había sentido, porque a pesar de que no entendía lo que pasaba, pensé que, si así cantaban a pesar del dolor de la derrota, cómo lo harían cuando se tratara de una victoria. Entonces comprendí que el amor a un equipo va más allá de ganar o perder.

De pronto me di cuenta de que mi padre me miraba de reojo, entonces fue que decidí verlo de frente, como para hacerme cargo del momento. En cuanto nuestras miradas se encontraron supo que, en efecto, ya no había marcha atrás, que la decisión estaba más que tomada. Y sólo atinó a darme un abrazo y una palmada en la espalda, de esas que se dan cuando se quiere decir todo, pero no se puede decir nada.

¿Por qué le voy a un equipo que siempre pierde? No, les digo, yo no le voy a un equipo que siempre pierde. Si acaso yo le voy a un equipo que nunca gana, que no es lo mismo. Y me río y me doy la vuelta.

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