Andrés Manuel López Obrador conserva un gran respaldo ciudadano. Así lo afirman algunos de los medios de comunicación más importantes de México. Pero en el transcurso de los meses, el movimiento social que sostiene su empoderamiento ha ido perdiendo liderazgos, adeptos y simpatizantes. 

Un alto porcentaje de la población conoce y entiende la importancia de la Constitución Política y de las leyes emanadas de ella. Y esa misma gente es la que no está de acuerdo en varias de las decisiones e iniciativas que ha impuesto o trata de imponer el presidente de la república, violentando o transgrediendo la Ley.

En menos de un año de estar en la presidencia, Andrés Manuel ha logrado apoderarse de varias instituciones que rigen la vida nacional. También ha destruido o minimizado otras, desapareciendo miles de puestos burocráticos, de presupuestos públicos y de programas sociales relevantes para la población.

Su manejo de la economía y de las finanzas nacionales dibuja un fracaso en el futuro cercano, del que se salió a tiempo Carlos Urzúa, su primer secretario de hacienda y crédito público. Casi al mismo tiempo se marchó también el primer director general del IMSS. Otros funcionarios menores se han ido por decepción o por divergencias operativas.

Pasaron las semanas y el 5 de noviembre anterior se deslindó uno de los líderes mexicanos de opinión y figura internacional del cine. El actor Gael García Bernal, que orgulloso había impulsado y promovido la figura de AMLO en toda su campaña, terminó ese día sumamente molesto. “¿Para qué chingados votamos por ustedes?”, se preguntó en un sorprendente tuit, después de la matanza de la familia LeBaron en Sonora, aún sin aclarar. En su comunicado, agregó rotundo: “Más vale que asuman por completo su responsabilidad y hagan lo imposible para que esto no suceda jamás”. Suceso terrible y mensaje preocupante. 

Y dentro del grupo de inconformes que no logran entender y aceptar las maneras andresianas, la semana pasada explotó otra de las figuras nacionales, alguna vez amiga de AMLO. Javier Sicilia, el líder del Movimiento por la Justicia y la Dignidad anunció que hará una marcha hacia palacio nacional. En respuesta, AMLO declaró que “le daba flojera” reunirse con él.

El padre Solalinde, excompañero circunstancial de Sicilia, ya se alineó con López Obrador y descalificó al reconocido activista y poeta, a quien de inmediato y desde las líneas morenistas, le llovió una andanada de críticas y ataques por semejante atrevimiento contra el mandatario mexicano. Para complicar las cosas en Palacio, el atribulado jefe de la familia LeBaron acaba de declarar que se adhiere a la marcha de Sicilia.

Estas expresiones y alejamientos reales o figurados, en nada abonan a la estabilidad nacional y a la tranquilidad de los mexicanos. El ejecutivo federal debe separar de una buena vez la campaña política permanente que no quiere abandonar, y sin distingos, ponerse a trabajar para todos, en beneficio de la gobernabilidad, el orden y la pacificación, únicos caminos que garantizan el progreso y el bienestar de la nación. Pero debe hacerlo con respeto irrestricto al estado de derecho.

Quiera o no, Javier Sicilia es un personaje con un peso específico en la opinión pública. Menospreciar su posición y su colaboración a la causa morenista podría atraer otros disgustos y otras deserciones que lamentaría Andrés Manuel. Han sido muchos los actores que han terminado por abandonarlo. Esa posibilidad que puede convertirse en epidemia, debe afrontarse y detenerse. Las minorías no logran hacer mucho, es cierto, pero la suma y la organización de esas minorías pueden destruir escenarios y también planeaciones y credibilidades, aunque estas, hasta ahora, parezcan suficientemente sólidas. 

Publicidad