Durante 15 meses López Obrador ha desdeñado las críticas a su gobierno. Ha menospreciado cualquier movimiento social que denote inconformidad a sus políticas, a sus decisiones y a sus ineficiencias como jefe de estado. Ha remachado su blanda posición ante los grupos criminales y la huella que dejó en el imaginario colectivo se sintetiza en el absurdo Culiacanazo que terminó en varios muertos y en la liberación de un importante personaje criminal oriundo de Sinaloa y requerido por Estados Unidos.

Ante ello el presidente de la república ha colocado una coraza discursiva con la que pretende blindarse y al mismo tiempo apoyar su contraataque. Según él, todo lo que critica o ataca a su mundo ideal, proviene de los conservadores, de la derecha y de los diversos sectores fifí.

Así le han crecido las balaceras, los asesinatos, los secuestros, los cobros de piso y los feminicidios. Le han crecido, no porque la sociedad diga que él es el culpable. Le han crecido a su administración de gobierno, de la que es responsable único, lo que resulta innegable y difícil de contradecir. 

La insensibilidad andresiana, la insuficiencia de resultados, la negligencia, la mentira en los datos y la culpabilidad de los anteriores, como pretexto, han sido las estampas más notables de este gobierno federal, que con palabras coloquiales pretendía ser mejor a todos los anteriores. 

Las críticas, las observaciones o el disgusto creciente de todos aquellos desesperados por la adversidad letal, por las enfermedades sin medicinas y por fallas garrafales de instituciones, han ocasionado una inconformidad social que avanza, que crece y que nadie se interesa en disminuir. Así fue como llegamos al escabroso tema de los feminicidios imparables en casi todo el país.  Mes con mes aumenta y con cada reclamo de la sociedad aumenta la argumentación oficial y oficiosa para negarlo, no para resolverlo o afrontarlo. 

Se dice que 22 millones de mujeres mexicanas detendrán actividades productivas el próximo 9 de marzo, con el fin de hacer sentir al presidente su absoluta inconformidad por tanta inseguridad en las calles, en espacios abiertos y hasta en lugares cerrados. Empresas, medios de comunicación, universidades, instituciones y organizaciones diversas apoyaron esta iniciativa de mujeres, ajena a ideologías o partidos. La propia esposa de AMLO pensó apoyar el movimiento feminista, pero casi al instante fue obligada a recular y a desdecirse.

Después de ese cambio, o coincidentemente, el presidente, algunos funcionarios federales, los morenistas y muchos activistas de las redes afines, comenzaron a boicotear el parón de “el día 9 nadie se mueve”, organizado por las mujeres de México. Lo más extraño, es que algunos medios pequeños comenzaron a manifestar su oposición, y conforme pasan los días, las redes sociales guindas se pintan del color de la intolerancia al Paro.

Pero el Paro va, nadie puede detenerlo. Quién sabe si serán 22 millones de mujeres o solo 5 millones. Lo que es un hecho, y ese es el peligro que tarde vio Andrés Manuel, es que hay millones de personas inconformes en el país, paradas o no, y que pueden aumentar conforme sigan convocando a parones, a marchas, a cacerolazos o a cualquier otro tipo de manifestaciones contra el régimen. 

Ese es el peligro que quieren evitar en el palacio nacional. Si aumentan este tipo de movimientos de aquí a las elecciones del 2021, las cosas podrían comenzar a cambiar para AMLO y Morena. Pueden disminuir el capital mediático de los “treinta millones” de obradoristas.

El 9 de marzo puede convertirse en el punto de inflexión en esta incipiente nueva etapa política de la República, echando abajo cualquier escenario o idea 4T, cualquier candidato a lo que sea, cualquier intento de mayorías absolutas en el Congreso de la Unión y cualquier intención de mantenerse en el poder central por un sexenio más.

Por eso tanta insistencia en echar abajo el poderoso atrevimiento nacional del Paro Femenino del 9 de marzo próximo. En trece días más podríamos tener un escenario político bien diferente.

Tremendo autogol se visualiza en la cancha obradorista.

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