El año que corre se ha caracterizado por la profusión de cifras e historias de ficción en torno a la política, la economía y el bienestar de los mexicanos. Los índices y números que más abundan provienen del gobierno central. Pero también las entidades federativas suelen cantar bien las rancheras cuando quieren difundir esa clase de información.

Y la catarata de datos convenientes, más que convincentes, se hace más grande en la medida en que se acercan épocas electorales que exigen trajes a la medida.

A nivel nacional, todavía se recuerda el bochornoso espectáculo al puro estilo argentino, con el que el INEGI cambió unilateralmente los procesos para el conteo de los datos de pobreza en 2016, que ya no permitió aplicar las metodologías del Consejo Nacional para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), instancia que desde ese tiempo se desmotivó y disminuyó su papel evaluador en el tema del combate a la pobreza.

Este año, cual si fueran las cataratas del Niágara o de Iguazú, las instancias mexicanas nos han querido bañar y envolver con las frescas brisas del crecimiento de la economía, de los empleos, del salario, de las remesas, de la inversión extranjera directa, del turismo y de todos aquellos mejunjes que su delirio les aconseja, para desaparecer el disgusto y la incredulidad de la gente con respecto a la eficacia de los gobiernos y sus próceres.

El colmo del cinismo y el despropósito, son las bodas de plata que le están celebrando a la SEDESOL, una institución creada para el combate a la pobreza hace 25 años.

Y es que en cualquier parte del país, lo que se ha visto de esa dependencia federal, es un extraordinario desperdicio de recursos públicos utilizados prácticamente en políticas asistencialistas y carentes del fomento a la productividad, escudados en el aparente éxito de Solidaridad, Oportunidades, Progresa o como le pretendan llamar en cada sexenio.

Los porcentajes de pobres y pobres extremos, siguen siendo casi los mismos, aunque el gasto se haya duplicado o multiplicado. El salario mínimo está peor, ya que día a día la gente puede comprar menos cosas con él. El dichoso bienestar cada día se ve más lejano. La canasta básica cada día es más difícil de alcanzar. O si se alcanza, contiene productos de menor calidad. Por cada año que pasa, la sociedad tiene menos acceso a la salud con medicina de calidad.

Entonces, cómo es que se ufanan por celebrar las bodas de plata de una idea de “combate a la pobreza” con la que el gobierno parece estar casado, cuando lo que tenemos como destino manifiesto es un baño de plomo y terror sobre la sociedad. Para nadie es un secreto que lo que la gente rememora o busca, son los miles de personas asesinadas o desaparecidas en las décadas recientes (150 mil muertos y 28 mil desaparecidos, informó The New York Times el 7 de septiembre de 2016). Porque este es el plomo, y no la plata, los muertos y las fosas que ha dejado en el campo y las ciudades la “guerra contra el narcotráfico”, que lleva a cabo el mismo gobierno celebrador.

En Veracruz, uno de los estados de moda y de miedo en el asunto de la corrupción, la impunidad y el incremento de delitos de la delincuencia organizada, se suma el escándalo armado en torno a los recursos del FISM (Fondo para la Infraestructura Social Municipal) que indebidamente se pretende usar para pagar deudas atrasadas.

Un escándalo que puede hacerse más grande, en el que bailan de la mano la SEDESOL, el Congreso del Estado y los municipios veracruzanos que quieren ignorar lo que establece la Ley de Coordinación Fiscal. Una lamentable decisión del gobierno estatal, que Palabras Claras desveló el pasado 7 de agosto con la nota: “Fuera de Ley, autorizaciones del Congreso del Estado”.

Sobre ese tema nada se sabe en concreto; lo que se percibe es que los mariachis callaron. Hasta ahora, la SHCP no ha salido a informar qué es lo que realmente ocurre con dicho intento de desacato a la ley. Por su parte, el gobierno estatal trata de justificarlo a toda costa. Mientras tanto, la SEDESOL federal y su delegada en Veracruz, andan festejando alegremente sus cuentas y sus cuentos.

Joan Manuel Serrat lo narra magistralmente en una de sus canciones: “Vamos subiendo la cuesta, que arriba mi calle se vistió de fiesta”.

 

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