La cruel y preocupante realidad que se observa en nuestro país está indicando que en los catorce meses que lleva el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, su pretendida Cuarta Transformación de la República está quedando en una ridícula y arbitraria modificación de formas y estilos, mostrando que solamente se trata de una grosera deformación de cuarta. 

Y conforme transcurre el tiempo, pareciera que el propio presidente López Obrador se empeña en perder adeptos, simpatizantes y credibilidad. Ha insistido en que tiene una gran aceptación, apoyada mayoritariamente en lo que llama “el pueblo bueno” y sus “benditas redes sociales”. 

Valiéndose de su conferencia mañanera, el mandatario nacional ha confundido el correcto ejercicio de gobierno con la práctica consuetudinaria de la insidia, el rumor y hasta de la mentira para hundir prestigios o trayectorias. Ha abusado del argumento de “los otros datos” para tratar de envolver a la gente; ha utilizado un verdadero arsenal de ocurrencias e inventos distractores y todo aquello que sea necesario para conservar su gobernabilidad -su personal visión de lo que es el gobierno-, que no es igual a lo que debiera ser el legítimo poder presidencial que detenta y el convencimiento y respeto unánime a su alta investidura.

Los “abrazos, no balazos”, la polarización social, el aumento de los asesinatos y desapariciones, el torpe Culiacanazo, la fallida instalación de la Guardia Nacional en zonas críticas como Minatitlán y Coatzacoalcos, la destrucción de las instituciones y sus autonomías constitucionales, la demolición del sistema nacional de salud y el último y sabroso cuento del avión, entre otros asuntos, únicamente han servido para crispar a la población pensante y para colocar en la agenda de la gente un solo tema: el de la mentira.

Y lo grave de tal circunstancia es que, en el caso del embuste, del timo, o de la mentira como patología -y no como inocente o piadosa intención- es que a esta y al que la prefiere, la profiere o inventa, se les termina rechazando con aburrimiento, con coraje y con absoluta determinación. 

Ocurre exactamente como aconteció con aquella frase de 1968 que gestaba o encerraba el verdadero surgimiento y empoderamiento de la izquierda mexicana: “¡Dos de octubre no se olvida!”. Un recuerdo imborrable. Es lo mismo que sucede con la mentira patológica en la mente de la población: la mentira no se olvida. 

López Obrador tiene muchos meses por delante para enderezar su rumbo y abandonar la exageración, la manipulación y la mentira. 30 millones de votantes lo llevaron al triunfo electoral, eso es incuestionable. Pero esos millones y muchos más pueden conducirlo a una debacle en los comicios intermedios de 2021 y llevarlo al fracaso histórico de su gobierno.

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