Benito Juárez es uno de los héroes patrios que más admira el presidente de la república. La evocación juarista y su estilo austero se notaron el domingo a las once de la noche en Palacio Nacional, cuando Andrés Manuel López Obrador apareció solemnemente con su esposa en el balcón central para iniciar las Fiestas de la Independencia.

Como Juárez durante sus últimos años en la presidencia, el actual mandatario decidió establecer su domicilio en un área del inmueble previamente remodelada para servirle como casa habitación.

Cuando se restauró la República en 1867 y una vez fusilado Maximiliano en el Cerro de las Campanas en Querétaro, el presidente Juárez decidió habitar en un área del primer piso de los Patios Marianos en la zona norte del palacio, desde donde diariamente se trasladaba a su despacho. 

Allí vivió hasta su muerte el 18 de julio de 1872, ocasionada no por un envenenamiento como trascendió erróneamente, sino por una enfermedad que se complicó, como fue acreditado en el acta de defunción firmada por el médico xalapeño Rafael Lucio Nájera, reconocido científico de la época.  

La noche del domingo 15 de septiembre, desde que Andrés Manuel y su esposa entraron al salón de recepciones se descubrió que no había funcionarios ni invitados especiales. El mandatario mexicano dio el tradicional Grito de Dolores, agregando los veinte “vivas” que había anunciado, uno de ellos en honor de los pueblos indígenas de México. Después de sus palabras y del respaldo popular recibido, una orquesta del sur del país amenizó la segunda parte del evento formal y dio entrada al ansiado espectáculo de los fuegos pirotécnicos. 

Buenas sensaciones causaron la seriedad del presidente y la discreción de su señora esposa. 

Cuando López Obrador se refirió a los héroes anónimos, algunos pensaron en los miles de emigrantes centroamericanos que realizan verdaderas proezas para llegar a Estados Unidos. Es ese instante fugaz aparecieron en el horizonte nocturno los recientes arreglos presidenciales con Donald Trump, que evocan también aquel oscuro y desaseado Tratado McLane-Ocampo, que suele atravesarse inoportuno y maloliente en la semblanza histórica del Benemérito de las Américas. 

Acuerdos lopezobradoristas con el país norteamericano que sirven como analogía de los acuerdos juaristas con ese país en el siglo XIX.  Otras analogías entre ambos personajes son el hecho de que el actual presidente insistiera en vivir a unos pasos de donde residió el indio de Guelatao en Palacio quien, por cierto, gobernó cerca de 14 años gracias a una reelección que criticó Porfirio Díaz, otro del sur que además de ser inquilino de palacio años después, demostró su persistente gusto por esa manera poco democrática de mantenerse en el poder.

Al final del día, se constata que historia y política se entrelazan convenientemente. A la vista de todos y al entendimiento de pocos.

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