LA DINASTÍA DEL DESIERTO (2)

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Un fuerte ruido bajo la fronda del árbol cercano, lo hizo enderezarse y caminar hacia el sitio para averiguar la causa. El golpe de un mango al caer en el suelo, después de desprenderse de su racimo, fue lo que sacó a Martín Jonás del ensimismamiento. Se agachó a recoger la fruta madura, le sacudió el polvo y con meticuloso cuidado, la lavó en las transparentes aguas de la orilla del estero. Sin dejarla escurrir, le dio una mordida en la parte más angosta, retirando con los dedos un pedazo de cascara. Con avidez comió la amarilla pulpa, percibiendo en su garganta el dulce jugo que revivía su ánimo. Por un instante, se sintió transportado a los mejores tiempos de su adolescencia.

Muchos años habían transcurrido desde aquella lejana época. Recordó los días de la infancia y sus frecuentes pleitos de chiquillos. La venta de escobas para ayudar a sus padres en el negocio familiar. Las miradas de las muchachas y los atrevidos escarceos amorosos en las oscuras calles. La preparatoria en el puerto y los estudios de derecho en la capital del estado. Sonrió satisfecho al acordarse de su terquedad para obtener las mejores calificaciones. Su lucha por la dirigencia de la sociedad de alumnos y su temprana incursión en la política estatal.

Siempre miró a lo más alto. Apenas graduado en la universidad, consiguió el respaldo del gobernador. Recordó el primer cargo en la administración pública y el temor de los asustados subordinados por su estilo firme y enérgico. También, su primer tropiezo y despido, ordenado desde las alturas, por el persistente cortejo a hermosa funcionaria del harem palaciego. Así aprendió los secretos de la permanencia burocrática y la discreción personal. Un año después, y ante medio gabinete, se casaría con Patricia, su hermosa y leal novia universitaria.

Después nacieron sus hijos. Y él ocuparía importantes cargos públicos en el gobierno local y en el palacio nacional. Llegaría al parlamento, a los viajes internacionales, a las altas negociaciones con empresarios y con sindicatos y a otros puestos relevantes. También conocería las purgas políticas, los éxodos y los escándalos mediáticos que le dieron aptitudes para apagar fuegos, cruzar mares tempestuosos y subir montañas.

Más tarde vinieron los tiempos para buscar la gubernatura de Santa Cruz. Primero, una decepcionante y fallida incursión. Unos años después, la segunda y definitiva pelea por la silla principal del palacio estatal.

Pero además de enfrentar esa difícil contienda electoral entre partidos políticos, tuvo que afrontar entre el paisanaje, la ambición de otros descendientes de La Barca. A los Jonás de otras ramas; dos personajes con ese apellido, que ingenuamente se erigieron en aspirantes al gobierno, por el simple hecho de conocer de sus padres, aquel viejo sueño por el poder regional, originado en la verdadera y auténtica familia Jonás, la de los padres y abuelos de Martín, la de la familia de donde él procedía.

Pero al final de todo, su triunfo había sido inobjetable ante un régimen que había abusado del poder y que llenó de indignación al estado. Los comicios le resultaron generosos, como antes lo fueron las encuestas. Los Jonás lejanos, los otros, los parientes derrotados, tuvieron que marcharse, cargando sus diferencias junto a sus amarguras y sus eternas armaduras de perdedores.

Martín estaba consciente de que no podía dejarlos crecer, sólo por llevar el apellido Jonás. Al más audaz y parlanchín, había que inhabilitarlo porque era un estorbo a su descendencia y a sus ansias sucesorias. Igual destino daría al segundo de ellos, quien abusaba de sus modales de caballero, y que de manera zorruna, había ordenado a uno de sus principales colaboradores inyectar la campaña del crecido contendiente de izquierda.

Las urnas mostraron la decisión de la gente; lo vivido era historia. La noche anterior, Martín había obtenido el triunfo y en pocos meses haría realidad su mayor sueño: asumir la gubernatura santacruceña. Ya en ese punto, contando con esa enorme plataforma, podría ayudar a sus hijos a que alcanzaran sus propios sueños, y más que otra cosa, fortalecer el liderazgo familiar que él y los suyos venían mostrando en la región. Desde sus luchas juveniles, estaba convencido de la necesidad de que ese liderazgo idealizado perdurara por muchas generaciones.

Pero para lograr ese objetivo, debería instrumentar toda una estrategia de recomposición de las fuerzas políticas, económicas y sociales en Santa Cruz. Todo se resumía a una táctica en dos vías paralelas: por un lado, levantar al estado de su ruina económica, y por otro, acrecentar la fuerza de su apellido y de su familia.

No sería una tarea fácil, porque estaría bajo muchas miradas locales y del centro, algunas demasiado críticas. Estaba consciente de que en la capital del país, Martín Jonás se había convertido en una figura a seguir en el discurso y en las acciones. Sabía que por ninguna razón podía chocar con el proyecto sucesorio a la presidencia de la república.

En Palacio Nacional, muchos ojos vigilaban puntualmente sus pasos y sus nuevas relaciones políticas y comerciales. Pero lo que más le preocupaba, era la posibilidad de que desde meses antes, las autoridades hacendarias siguieran su situación financiera, sus cuentas y sus inversiones.

Continuará…

LA DINASTÍA DEL DESIERTO 

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