“Son gotas, trazas de hidrocarburos, nuestras playas están limpias”, contestó de manera superficial y despreocupada la gobernadora Rocío Nahle, cuando se le preguntó sobre la fuerte contaminación de residuos petroleros y chapopote que sufren las playas veracruzanas desde hace un mes. Y resulta ser la misma actitud evasiva con respuesta impulsiva, que tuvo el año pasado ante las inundaciones provocadas en la zona norte por lluvias intensas y la fuerte crecida del Río Cazones.
Tampoco la presidenta de la república se vio urgida a tomar medidas inmediatas ante este inesperado desastre. Primero trató de deslindar a Pemex y días después habló de un posible problema por fugas de pozos en Cantarell. Pero al dejar tantas sospechas en el tintero, finalmente se vio forzada a formar un grupo de investigación y especialistas, ante la insistencia y preocupación de la red independiente denominada Corredor Arrecifal del Golfo de México y de numerosos grupos y asociaciones de pescadores en más de 800 kilómetros del sur de Tamaulipas, todo el litoral de Veracruz y Tabasco y algunas zonas de Campeche.
Las “gotas” de Nahle y la expresión claudista de que “son emanaciones”, resultaron totalmente negativas para las familias perjudicadas, para la sociedad entera, la opinión pública nacional y todas las organizaciones de pescadores del Golfo de México. Las redes sociales y medios de comunicación están llenas de fotografías del problema y de los peces muertos, además de cientos de críticos y escandalosos memes o caricaturas que reflejan la incredulidad y creciente inconformidad social ante las reacciones poco afortunadas que tuvieron ambas mandatarias ante este delicado asunto.
Una científica y una ingeniera con alta experiencia en temas petroleros, como son Claudia Sheinbaum y Rocío Nahle, deberían entender que este asunto es de atención prioritaria con efectos determinantes. No se puede gobernar con actitudes simplistas cuando la nación o el estado peligran en su estabilidad socioeconómica y ambiental.
Porque se trata de un caso de altísimo impacto ambiental que afecta a innumerables especies marinas, que además ocasiona importantes pérdidas económicas a familias de miles de pescadores y prestadores de servicios turísticos del Golfo de México. No es un tema menor desde ningún sentido que se le mire.
El sábado pasado funcionarios federales de ese grupo intersecretarial de trabajo, declararon que ya se había atendido la afectación de playas y que estaban limpias. Sin embargo, las redes continúan alertando sobre el problema, ya que el anuncio no se sustenta con hechos suficientes que inspiren confianza.
La situación es demasiado compleja para Rocío Nahle, pero la responsable a nivel nacional es Claudia Sheinbaum, quien debe autorizar los presupuestos adecuados para atajar las complicaciones: para el total saneamiento de ecosistemas, para indemnizar y apoyar a los grupos de pescadores y para realizar las reparaciones y mantenimientos de instalaciones petroleras o de pozos en Cantarell o en Dos Bocas, si este es el caso.
Y ambas señoras deben considerar una posibilidad en el imaginario colectivo: la leyenda del penal de San Juan de Ulúa (nombre que tanto gusta a Rocío Nahle), cuenta que en siglos pasados, las celdas de los prisioneros, dejaban caer del techo decenas de persistentes gotas salinas sobre sus camastros, y que se sabía por los familiares de reclusos, que las malas gotas del techo, mataban poco a poco a los infortunados que pagaban sentencia.
Que nadie olvide que la gota, una tras otra y de mala química, suele agotar hasta al más resistente. Y si llegaran a ser emanaciones, como dijo la presidenta, no sea que se trate de las emanaciones que insistentemente llegan a palacio nacional desde “La Chingada” obradorista.







