Algo grueso debe estar por aparecer en el escenario nacional en las semanas por venir. Y tal vez solo los de hasta arriba lo sepan o cuando menos lo intuyan. Después del impasse de 45 días logrado por Marcelo Ebrard ante el gobierno de Estados Unidos, todo indica que las ansias reeleccionistas de Donald Trump están por traer nuevas malas noticias a los mexicanos.

Los estudiosos y analistas políticos piensan que la cuestión migratoria es el tema preferido por el presidente norteamericano para convencer a los estadounidenses de que él es la mejor opción electoral, demostrada con las boyantes cifras económicas conseguidas durante su gestión.

Ayer por la noche comenzó su campaña y su estilo sigue siendo el mismo. Ya amenazó -mediante un estruendoso tuit- con deportar a millones de migrantes indocumentados.  Los demócratas tendrán que hacer algo diferente para arrebatarle el triunfo en los comicios. 

Y el argumento de los inmigrantes que llegan a ese país a través de México, es el tema más a la mano para subirlo a la tribuna y a las redes sociales y conseguir o mantener adeptos trumpianos. Por eso habría que dimensionar con detalle y objetividad la expresión reciente de Porfirio Muñoz Ledo: “Si Trump gana en lo electoral, ya valimos”.

Pero esa es solo una posibilidad en la preocupación actual de AMLO y sus cercanos. Otra posibilidad es la pésima situación económica nacional, con tendencia a empeorar, ratificada cada vez que una institución neutral o internacional sale a dar indicadores o calificaciones financieras. Esta vez le tocó a la Agencia Moody´s informar sobre los números de alerta mexicanos, incluso sugirió una recesión. Días antes lo deslizó el INEGI, presentando cifras de alarma. 

Otro tema preocupante es el incremento terrible en los hechos criminales, ya no atribuibles a los gobiernos anteriores. Otro, el asunto del aeropuerto, parado jurídicamente y sostenido por López Obrador con bravatas que recuerdan su frase “al diablo con sus instituciones”. Algunos ya rumoran que quieren o pueden resucitar el aeropuerto de Texcoco, propinando una derrota discursiva y multifactorial a López Obrador.

Y qué pasará con los medios de comunicación, cuando todos estos ominosos hechos se junten o hagan explosión, allá por septiembre, si no es que antes. Las críticas de ahora serán cosa de niños, comparadas con las que a nivel nacional e internacional pudieran aparecer.

Todo esto explica los reiterados llamados a la reconciliación. El acto de unidad nacional en Tijuana el sábado, fue con ese fin. Este 16 de junio, el presidente lanzó un llamado a la unidad y a hacer a un lado las diferencias y pleitos políticos porque “la patria es primero”. Horas después, la secretaria de gobernación dijo a los integrantes del gabinete, emanados de MORENA: “La lealtad a AMLO debe ser norma cotidiana; una lealtad para garantizar la unidad de propósitos que requiere esta cuarta transformación”.

Hasta ahí todo puede ser hipotético -recordando los “otros datos” de la chistera- pero también posible. El problema es que el señor presidente clama a la unidad con un discurso y un vocabulario agresivo y altanero, apabullante y soberbio. Cómo llamar a unidad a personas calificadas despectivamente, cómo acercar a los de la mafia del poder, a los gobernadores vapuleados en las giras presidenciales, a los fifís, a los chayoteros, a los conservadores, o a los funcionarios de su régimen, exhibidos o ridiculizados para agrandar una figura desleal y sin alma -por no decir, desalmada-, a los miles de despedidos del gobierno federal, o a los miles de afectados de los recortes presupuestales decididos en la cúpula, un ser que se siente por encima de todos y de todo. Y a quien sus ideas, lo hacen casi sobrenatural o tocado por los dioses.

Así no vale una convocatoria que más parece un llamado en vano. Es como si soltara alegremente un “Primero mis ideas, después la Patria”.  ¿Así, cómo?

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