El 31 de mayo de 1911 el dictador Porfirio Díaz partió con su familia en el buque Ipiranga con destino a Francia, en lo que constituyó el primer exilio o destierro de un gobernante mexicano, tras un proceso obligado, que escasamente duró seis meses en el inicio de la Revolución Mexicana. Díaz murió cuatro años después, y según sus biógrafos, con el sentimiento de que la población había sido ingrata y desagradecida con él y su enorme obra ferroviaria y monumental.

El segundo caso fue el del expresidente Carlos Salinas de Gortari en 1995, cuando se autoexilió primero en Estados Unidos, para pasar después un corto tiempo en Cuba, antes de radicarse por algunos años en Irlanda, “el refugio seguro” que no tenía convenio de extradición con México, que demostraba la decisión salinista-zedillista de un “Acuerdo de exilio conveniente”.

Ernesto Zedillo Ponce de León era el mandatario y el país venía de algunos hechos muy complicados: el levantamiento armado de Chiapas que inició en enero de 1994, el asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, y en el sector financiero, el llamado “Error de diciembre”, para cerrar ese año fatal con una devaluación estrepitosa, que mucho le ha costado a la economía nacional con el FOBAPROA. 

Y para agravar la situación de Salinas, su hermano Raúl Salinas de Gortari fue encarcelado por  el asesinato del dirigente priista José Francisco Ruiz Massieu, lo que rompió el viejo pacto de inmunidad entre mandatarios entrante y saliente. Y como colofón para el PRI, el partido cae en la elección constitucional y Zedillo debe entregar el poder a Vicente Fox del PAN.

Pero el recuerdo del general Porfirio Díaz y del buque Ipiranga, y el concepto de exilio o destierro, surgen en estos difíciles días de la 4T en que están detonando muchas cosas buenas y malas para México, debido a las mercuriales acciones y decisiones del presidente Donald Trump en Estados Unidos, relacionadas con su estrategia arancelaria y por su denodada lucha contra el narcotráfico, que puso en el huracán al gobernador de Sinaloa y a 10 colaboradores, todos del partido morenista. En este momento Sinaloa tiene a una gobernadora interina y el proceso legal augura un disgusto para Trump y quién sabe qué repercusiones a nuestro país. 

Trump y varios actores de la política estadounidense llevan años y meses declarando que en México cogobierna el narcotráfico y que muchos personajes corruptos de la política están coludidos con la delincuencia. Pero esa aseveración también la comparte un alto porcentaje de la sociedad mexicana que percibe que desde que AMLO gano la presidencia en 2018, se incrementaron la criminalidad, el poder económico y los delitos atribuibles a los grupos del narcotráfico.

Ni siquiera la llegada de la doctora Claudia Sheinbaum y sus exitosos golpes contra algunos cárteles, han modificado esa apreciación ciudadana. Y no ha ocurrido porque la corrupción creciente sigue manifestándose en no pocos actores políticos y funcionarios del régimen, pero que son fieles a López Obrador. Todos mostrando vida de millonarios.

Y mucha gente y diversos grupos independientes continúan observando y criticando la fuerza e influencia que de manera inesperada tienen los hijos y familiares de AMLO en el gobierno y en sectores productivos, ayudando a que crezca la idea de que la corrupción obradorista crece día a día y permea hacia todo el aparato burocrático.

Un aspecto sumamente criticado por los expertos de economía, organismos independientes y de la oposición en general, es el tremendo endeudamiento nacional ocasionado por el exceso de gasto presupuestal en programas sociales, dádivas, subsidios y diversas obras faraónicas sin transparencia alguna, construidas y operadas por el régimen obradorista y el gobierno de Sheinbaum. 

Se calcula que para el año 2031 la deuda pública representará el 58.9% del PIB. Cabe mencionar que el endeudamiento del periodo AMLO-Sheinbaum ya es de 11.3 billones de pesos, superando los 10.8 billones del periodo 1970-2018 antes de la presidencia de López Obrador.

Y no ayuda en nada esa visita inoportuna y sospechosa de la semana anterior, que hizo Sheinbaum a Palenque, donde vive López Obrador, coincidente con la defenestración de Rocha y la exigencia de Trump, de que el sinaloense sea entregado al gobierno de Estados Unidos.

Las decisiones poco meditadas (o entregadas a su líder) y la actitud discordante de la presidenta de la república, hacen pensar que ella debe deslindarse de López Obrador y cortar con Andrés Manuel, como Zedillo lo hizo con Salinas. Y quizá sea tiempo de que los mexicanos exijamos la retirada efectiva de AMLO de la vida nacional. En estos momentos hay muchas cosas en juego, como para perderlas de una manera infantil, sin reflexión y sin realizar correcciones necesarias. 

Y si cortar implica un destierro tipo Porfirio Díaz o un autoexilio como el de Carlos Salinas, bienvenida la idea, porque el sistema debe tomar la decisión. Ayuda más el que no estorba, porque López Obrador ya es un estorbo. Y que no sea el lastre que hunda a México.

Si Claudia Sheinbaum quiere un tercer periodo morenista para dirigir al país, la señora tiene que pensar como la científica que dice ser, no como una disciplinada política de cuarta, sometida a un marrullero y sinvergüenza machuchón tabasqueño.

Para México es mejor que Andrés Manuel López Obrador salga del país con sus doscientos pesos en la cartera y con su corrupta familia. En algunos países populistas lo recibirían con honores.

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