Por más que alguien se esfuerce en tratar de inventar o dar un mensaje fresco en el terreno de la política, descubrirá que todo ya está dicho o escrito. La naturaleza humana está tatuada en los propios genes. Si una persona quiere pensar que lo que ocurre ahora es inédito y que todo lo de hoy es diferente, tendrá que remontarse a los tiempos de Aristóteles, cuando este filósofo aseguraba a sus discípulos que el hombre era un animal político. 

Y a esa reflexión se le puede agregar otra más. En la primera mitad del siglo XX el británico John Galsworthy, un brillante doctor en derecho formado en la Universidad de Oxford y convertido en escritor y dramaturgo de éxito, dejó para la posteridad estas crudas palabras: “Solo hay una regla para todos los políticos del mundo: no digas en el poder, lo que decías en la oposición”.  Cabe decir que este señor obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1932.

Pero su reveladora frase encierra una gran pregunta: ¿entonces, en dónde quedan los valores éticos, la regulación moral y el respeto a la verdad que deben mostrar los políticos?

Estos preocupantes temas debieran ser parte de la gran reflexión nacional en estos tiempos de la denominada Cuarta Transformación de la República. Época en que a los graves problemas nacionales existentes hasta diciembre de 2018, se le ha venido sumando una creciente y casi aceptada ausencia de valores y de falta de respeto a la palabra empeñada y a la verdad en la política mexicana. 

La polarización de la sociedad es una enorme cortina de humo que se empecina en esconder o nulificar los valores más humanos de ella. El ataque fácil, la discordia, la insensibilidad e incomunicación tratan de apoderarse de cualquier estrategia de convivencia armónica, de solidaridad y de discusión pública sin apasionamientos ni estigmas.

Estamos en plena campaña electoral para las elecciones del 6 de junio. El búnker presidencial—con un mandatario contagiado y en cuarentena por la pandemia—trabaja a todo vapor para asegurar la mejor selección de candidatos de Morena, los adecuados suministros en metálico y en programas clientelares, la mayor cantidad de triunfos y la supervivencia del régimen y del estilo de gobierno. 

Lo más delicado de todo es la falta de respeto a la verdad y la pobre regulación moral que enseñan los grupos políticos comandados desde palacio nacional. Y en pandémico efecto dominó, la anomalía permea hacia todas las demás fuerzas políticas que muestran exactamente los mismos vicios o carencias. 

Oportuna entonces resulta la alerta que hace poco emitió el arzobispo Hipólito Reyes Larios. El máximo representante de la Iglesia Católica en Veracruz dijo que en estos tiempos lo que el mundo necesita es el respeto a la verdad.

Pero, cómo lograrlo cuando hay notoria ausencia de valores en la política. Quién abanderará causas nobles, justas y con visión humanista.

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