Más de 20 años lleva López Obrador utilizando un discurso anticorrupción y de exigencia de honestidad en la función pública. En su tercera y última campaña presidencial lo utilizó como ariete para terminar de convencer a todos. Esa bandera de la decencia fue más que suficiente para arrasar en las elecciones y para echarse a cuestas las campañas de aquellos que lo acompañaban como candidatos a las gubernaturas en 2018.

La corrupción y la deshonestidad observada por los mexicanos en los gobernantes y funcionarios en los últimos años, también fue argumento suficiente para hacer a un lado programas y proyectos gubernamentales prioritarios, entre ellos las guarderías escolares y el famoso aeropuerto de Texcoco. Las irregularidades burocráticas del régimen anterior sustentaron decisiones tajantes e irreversibles ya en los tiempos de la cuarta transformación.

Pero los primeros seis meses del morenismo en el poder, trajeron también muestras de corrupción, de nepotismo, de irregularidades, de demagogia y de otras anomalías que se pensaba acabarían por la simple decencia ofrecida y reiterada en el mensaje del ahora presidente.

Y esas muestras se han presentado en el gobierno central, en los estatales y en los municipales, incluso en autoridades emanados del partido MORENA y de la decisión soberana de su líder real.

Por esa razón y debido a que ya salieron a relucir en las giras presidenciales, es que el mandatario nacional ha debido apuntalar su discurso para enderezar el rumbo y que no caiga la simpatía social. Lo dijo en una conferencia mañanera de esta semana y tuvo una dedicatoria que no fue bien leída en Veracruz, donde en gira de trabajo recibió quejas insistentes sobre un avispado primo incómodo.

Pero quizá molesto porque el receptor bateó el mensaje presidencial, y molesto por la fuerte presión mediática, fue la razón por la que el presidente López Obrador expidió ayer un memorándum para evitar nepotismo, por cierto, bastante explícito, sobre lo que él quiere que sea la relación del funcionario de gobierno con su familia, sea cercana o lejana, en torno a los asuntos oficiales.

El memorándum inicia de este modo: “Me dirijo a ustedes con la instrucción clara y precisa, de no permitir, bajo ninguna circunstancia, la corrupción, el influyentismo, el amiguismo, ninguna de esas lacras de la política del antiguo régimen.”

Esperemos que los gobernadores -entre ellos el de Veracruz- y todos los alcaldes morenistas sean las primeras autoridades en leerlo y aplicarlo puntualmente, en tomar el ejemplo y en acatar la instrucción tácita -“te digo, Juan, para que lo entiendas, Pedro”- del presidente de la república.  

Si en verdad se quiere conseguir una transformación como la que pretende López Obrador, los primeros que tienen que seguir sus líneas son aquellos que existen políticamente gracias a su generosidad y respaldo. Cuitláhuac, el gobernador veracruzano siete veces honesto, solo porque lo ha venido a proclamar así el ejecutivo federal, está obligado a convertirse en ejemplo fiel y en leal escudero de su honesto y no tan ingenuo quijote.

Con semejante mensaje, Cuitláhuac García no tiene más opción que resolver de una vez por todas ese guerroso pendiente que tiene en SEFIPLAN, y del que está atenta y vigilante más gente de la que él y su primo imaginan. Debiera hacerlo más pronto que tarde, ya que sería una solución inteligente que mandaría una señal de eficacia y disciplina a AMLO y una señal de congruencia a los veracruzanos.

No sea que la ceguera y soberbia en que incurre con inusitada frecuencia, motive que uno de estos días, su hacedor y protector político le haga llegar un definitorio memorándum, ya sea directamente o por interpósita persona.

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