El 30 de junio de 2018 cerca de la media noche, Andrés Manuel López Obrador conoció el triunfo electoral que lo colocaría en la presidencia de México después de casi 20 años de esforzada lucha política iniciada en su natal Tabasco.

Previo al discurso multitudinario frente al Palacio Nacional, el ganador de los comicios presidenciales pronunció un breve discurso en un hotel del centro histórico.

Este primer mensaje incluyó una aproximación de lo que sería la Cuarta Transformación de la República, que intenta consolidar AMLO. En esa ocasión resaltó lo siguiente:

“Una mayoría importante de ciudadanos ha decidido iniciar la cuarta transformación de la vida pública en México…Los cambios serán profundos, pero se darán con apego al orden legal establecido…La transformación que llevaremos a cabo consistirá, básicamente, en desterrar la corrupción de nuestro país; erradicar la corrupción y la impunidad será la misión principal del nuevo gobierno.”

“Sobre aviso, no hay engaño, sea quien sea, será castigado. Incluyo a compañeros de lucha, funcionarios, amigos y familiares…El estado dejará de ser un comité al servicio de una minoría y representará a todos los mexicanos, a ricos y pobres…Cambiará la estrategia fallida de combate a la inseguridad y la violencia.” 

Minutos después, durante el segundo mensaje en el Zócalo, mencionó una de sus principales banderas sociales: “Desde el primer día va a aumentar la pensión a adultos mayores al doble (e incorporó allí el ofrecimiento de apoyos económicos a discapacitados y estudiantes)”. Y remató así la noche: “No les voy a fallar, vamos a aplicar los tres principios básicos; no mentir, no robar y no traicionar al pueblo.”

En la etapa como presidente electo comenzó a cambiar las cosas que jamás aceptó de la administración saliente. Con la anuencia del presidente Peña Nieto en funciones, no descansó hasta bloquear y echar abajo las obras del nuevo aeropuerto de Texcoco (NAIM). También inició una campaña para dibujar el futuro de las relaciones con empresas, con representantes empresariales, con liderazgos políticos no afines y con los medios de comunicación, relaciones que se complicarían desde entonces para muchos actores.

A escasas horas de la toma de protesta el primero de diciembre de 2018, López Obrador escribió en su cuenta de Twitter: “Inicia la cuarta transformación de la vida pública de México. Empeño mi palabra: No los defraudaré.”

Y comenzó su propia cuenta. En diecinueve meses de gobierno obradorista, ha habido avances y retrocesos, así como aciertos y errores que han marcado a seguidores y a opositores, de estos últimos, algunos de ellos organizados en un frente denominado FRENAA (Frente Nacional Anti AMLO), que hasta ahora solo ha organizado marchas vehiculares para inconformarse. 

De su gestión, hay positivos y negativos que no pueden ocultarse. Entre los positivos, ha sido buena su decisión de apoyar a los adultos mayores y a los más pobres, de otorgar becas a discapacitados, a estudiantes y a los llamados ninis.  Ha sido aplaudida su instrucción de entregar subsidios a productores agropecuarios y pescadores, destacando los apoyos anuales a cañeros y cafeticultores.

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Su campaña contra la corrupción es buena pero no ha sido consistente, clara ni objetiva. Junto a él, caminan como si nada, gentes duramente criticadas por pasados oscuros o irregularidades recientes: Manuel Bartlett, Elba Esther Gordillo, Napoleón Gómez Urrutia, Carlos Romero Deschamps, Ana Gabriela Guevara, Irma Eréndira Sandoval, René Bejarano, entre otros. Tampoco se ha visto mano dura contra Peña Nieto y su grupo de exgobernadores -en prisión o en fuga- que cometieron uno de los mayores robos a la nación. 

En materia de seguridad pública, el célebre Culiacanazo de Ovidio Guzmán y su liberación ordenada por el ejecutivo federal (como confesó recientemente), será un insoportable estigma que lo acompañará el resto de su vida. Su “Abrazos, no balazos”, sin efectos positivos, es la conclusión más rotunda de su equivocado esquema filosófico-social contra el narcotráfico y las bandas de secuestradores y delincuentes comunes. Y es quizá el mayor negativo en su imagen en el extranjero.

De la venta del avión presidencial que no tuvo ni Obama, y que terminó en un rifa de seis millones de cachitos de la lotería nacional, al saludo que brindó a la mamá del narcotraficante “El Chapo” Guzmán, se perdió el número de informes presidenciales que ha ofrecido en este tiempo, sin contar los monólogos mañaneros donde se reúne con un círculo de prestos patiños (con sus valiosas excepciones) que preguntan lo necesario para insertarlo en la agenda nacional, ya sea para distraer o evadir los temas fundamentales de México.

Las obras cumbre de su sexenio, como el aeropuerto de Santa Lucía, el Tren Maya o la refinería de Dos Bocas, puestas en marcha atropellando leyes ambientales y otras, han sido duramente cuestionadas por su costo, que podría destinarse a otros asuntos prioritarios (atención a enfermos por Covid-19). El mal manejo de la epidemia y los cambiantes consejos, números y escenarios del subsecretario López Gatell, lo ponen en el bordo del ridículo nacional e internacional. 

Pero uno de los negativos más preocupantes es el relacionado con el ejercicio de polarización permanente que López Obrador realiza en sus conferencias mañaneras, donde enfrenta los datos duros con los “otros datos” de su chistera, a los libre pensadores con los intelectuales orgánicos, a los fifís con los chairos, a los conservadores con los liberales, a sus seguidores con los opositores, a las benditas redes sociales con los periodistas chayoteros y a los adversarios políticos con los traidores a la patria. 

Toda esta deficiente mecánica adherida a la 4T, está provocando serias caídas en la producción, en el empleo y en los indicadores económicos, incrementados con el terrible paso de la pandemia viral. Sin dejar de mencionar el ineficiente combate al crimen organizado, a la inseguridad y al abultado número de homicidios, que los obradoristas tratan de diluir sosteniendo que han sido “sin aumentos sensibles”, como si la vida de una sola persona no valiera nada.

El 6 de junio pasado, el mandatario nacional envió un aviso claro y rotundo en un evento en el sur de Veracruz: “O se está con la transformación o en contra de la transformación.”, expresión desafortunada que aumentó el disgusto social. 

El día de ayer, el presidente dio un mensaje alusivo a los dos años del triunfo del partido Morena, comentando los avances conseguidos en el país por su régimen. Por la mañana, su esposa Beatriz Gutiérrez Müller contestó en Twitter la amable solicitud del padre de un menor con cáncer, que le urgía una reunión para tratar el tema de los medicamentos que los hospitales públicos no suministran a los niños. “No soy médico, a lo mejor usted sí. Ande, ayúdelos”, replicó con soberbia la impaciente señora del presidente.

Apenas cruza el segundo año del gobierno de Andrés Manuel. No son tiempos de una evaluación definitiva y sí de correcciones y convocatorias a la unidad nacional. Sin embargo, pudieran cuestionarse las cifras del 68% de apoyo a AMLO, que ayer desde temprano publicaba en España el periódico El País, pero en la encuesta nacional que presentó El Financiero, el ejecutivo federal registró 56% de aprobación y 42% de desaprobación en junio. Una disminución, por segundo mes consecutivo, en el apoyo popular al presidente, 4 puntos menos que en mayo y 12 puntos menos respecto de abril.

En los grandes sistemas políticos no se espera mucho de sus gobernantes ni se ha temido mucho de ellos. En los triunfales tiempos de López Obrador debe prevalecer la libertad en el horizonte moral y político de todos los mexicanos, el espíritu republicano para vivir y respetar la división de poderes y las instituciones autónomas y, el respeto a la ley como norma suprema para evitar que se domine al pueblo.

El pueblo no está en los mítines de las plazas públicas para conjuros políticos, la sociedad se representa en la modesta, secreta y silenciosa acción de votar. Esa es una mejor opción democrática.

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