La decepción provocada por el informe presidencial del domingo pasado incrementa el desencanto de los mexicanos respecto a las decisiones y actuaciones del mandatario nacional. La figura del jefe de estado empequeñece conforme transcurren los meses, mientras se complican los problemas y los escenarios a corto y a mediano plazo. Y si se piensa en el futuro, este se percibe oscuro y trágico por donde se le quiera ver.
López Obrador ha tenido momentos terribles en su corta administración: uno que nadie olvida, es el célebre Culiacanazo que desveló y dimensionó la perspectiva del ejecutivo federal frente al tema del narcotráfico y la delincuencia organizada. Otro más fue su pasmo e insensibilidad ante el aumento de asesinatos y el incremento de feminicidios.
Y justamente el domingo anterior, con la ausencia de respuesta oficial ante el peligro de perder cientos de miles de empleos formales e inversiones productivas, Andrés Manuel demostró a todos que en su cabeza no existe nada más que su caprichoso y autoritario programa de gobierno, su prioritaria población objetivo y sus añejos modos y razonamientos para enfrentar los complejos retos del siglo XXI.
Su obsesión es el ataque al neoliberalismo y su manía es la lucha anticorrupción mezclada con la austeridad “republicana”, que juntas y mezcladas conforman un remedio que pretende ser milagroso, similar a aquel famoso ungüento de hace 50 o más años: “En la casa y la oficina, tenga usted Vitacilina. ¡Ah, qué buena medicina!” recitaba en verso el locutor de la radio.
Y el pasmo obradorista es el mismo pasmo temeroso que padecen los liderazgos de oposición, los gobernadores, los partidos políticos y muchos intelectuales, periodistas y activistas diversos. Todos ellos han caído en los círculos marcados por AMLO y bautizados por él como conservadores, fifís, corruptos o chayoteros, según sea el caso. Pareciera que el tabasqueño los hipnotizó y les dijo “Engarróteseme ahí”, y que allí se quedaron todos ellos dentro de los círculos, plantados en el suelo como si fueran estatuas de piedra.
No fue el caso de las mujeres mexicanas cansadas de los miles de feminicidios, las que por dos días hace casi un mes, pusieron en su solitario lugar al habitante del palacio nacional. Y así como las mujeres lo lograron, organizadamente, así será como la sociedad mexicana tendrá que organizarse y sacar adelante a las nuevas figuras políticas que saquen la cara por México, por su población, por su planta productiva y por sus puestos de trabajo.
La gente de las ciudades y de las zonas rurales vive momentos de preocupación y zozobra porque no sabe si logrará zafarse del coronavirus y de la muerte en soledad dentro de hospitales decadentes. Esa gente sabe perfectamente que el sistema nacional de salud está deteriorado y sin los elementos tecnológicos y médicos para atender una pandemia. Entiende a la perfección que pueden perderse además de vidas humanas, plazas laborales, bienes, ahorros y riquezas logradas en décadas de trabajo y no de demagogia.
Para el presidente López Obrador, todo se centra en palabrería complaciente y entregas de recursos monetarios a los más necesitados, recursos económicos que provienen del pago de impuestos, y que para que haya ese pago de obligaciones fiscales, el país debe producir y trabajar sin descanso ni cuarentenas.
México deberá caminar a otra alternancia. No tiene otra salida. Esta ya fracasó. La sociedad mexicana tendrá que comenzar a organizarse y a prepararse para que no haya otra desilusión. La 4T terminó antes de iniciar.







