Jesús Lezama
Inspirado en “La fiesta de la culpa”, de la escritora española Irene Vallejo
Irene Vallejo recuerda en su columna La fiesta de la culpa ese impulso humano casi infantil: cuando algo sale mal, buscamos a quién endilgarle el desastre, antes que detenernos a entenderlo. Acusar resulta más cómodo que corregir. Nombrar culpables alivia la angustia del caos. La historia -desde el chivo expiatorio bíblico hasta las turbas modernas- está llena de ejemplos donde la complejidad de lo real se simplifica convirtiéndola en culpa ajena.
En la política mexicana de la Cuarta Transformación, ese reflejo es método.
Desde que inició el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, el poder descubrió una ventaja incomparable en la narrativa del agravio. Gobernar no como administrador del presente, sino como fiscal perpetuo del pasado. Cada falla, cada carencia, cada retraso podía explicarse con una sola palabra: herencia. El error no era propio, sino legado. El presente queda así eximido.
La conferencia mañanera se volvió el altar de esta liturgia. Allí se repartieron culpas con regularidad ceremonial: organismos autónomos transformados en saboteadores, periodistas en mercenarios, jueces en enemigos del pueblo, críticos en traidores. El país, vasto y contradictorio, se redujo a una dramaturgia elemental: pueblo bueno contra adversarios perversos, chairos contra fifís. Como en los antiguos ritos que describe Vallejo, el mal debía venir de fuera y ser expulsado con palabras.
Hoy, con Claudia Sheinbaum en la Presidencia, el escenario no ha sido desmontado; apenas se ha afinado. El tono es más técnico, menos incendiario, pero el reflejo persiste. La 4T sigue explicándose a sí misma a través del deslinde: los problemas vienen de antes, de afuera, de quienes “no quieren que la transformación avance”. El nuevo gobierno hereda no solo obras y presupuestos, sino una pedagogía política basada en la exculpación permanente del error propio.
El caso de Rocío Nahle en Veracruz también ilustra con nitidez esta lógica. Llega al gobierno estatal precedida por la construcción de Dos Bocas, la refinería que prometía soberanía energética y terminó simbolizando sobrecostos, retrasos y opacidad. En lugar de asumir ese balance como parte de una experiencia pública que debe ser evaluada, el discurso oficial lo reacomoda: la culpa es de los adversarios que desean el fracaso. La obra no falla; fallan los otros.
Como en la columna de Vallejo, el mecanismo es antiguo: convertir la complejidad en culpa. Cada crisis -seguridad, salud, energía, migración- necesita un rostro externo que la explique. No importa que el poder lleve años en el timón: el naufragio siempre lo provoca alguien que no gobierna. El señalamiento produce una ilusión de control. Si hay culpable, hay sentido. Si hay enemigo, hay relato.
Pero gobernar no es narrar culpas, sino administrar responsabilidades. La política democrática exige algo más incómodo que acusar, hacerse cargo. Aceptar que el presente ya no puede atribuirse al pasado cuando el pasado lleva siete años fuera del poder. Hay que reconocer que el error propio no es traición, sino condición de gobierno.
La fiesta de la culpa, como relato persistente, es eficaz para los autocomplacientes. Moviliza pasiones, cohesiona identidades, ofrece consuelo. Pero también erosiona la posibilidad de corregir. Porque quien nunca se equivoca, nunca aprende. Y un país gobernado por infalibles cretinos, termina pagando, tarde o temprano, el precio de una cucharada de injusticia colectiva.
Y como remata la propia Irene Vallejo: “En tiempos de desgracia, es preciso mantenerse alerta, auscultar los errores, esgrimir la crítica: ser capaces de tender la mano y vigilar desmanes…Dime a quién culpas y te diré quién eres.”
La Ley del Espejo.







