La gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle García, cerró diciembre con una “aprobación ciudadana” de 58.8 por ciento, según el más reciente estudio de la encuestadora Demoscopia. El dato fue difundido como señal de recuperación, pero en realidad exhibe estancamiento. Es prácticamente la misma cifra con la que arrancó su gestión en diciembre de 2024, con una diferencia microscópica de apenas dos décimas.

El tracking mensual dibuja una curva errática. En julio de 2025, la mandataria tocó fondo con 39.7 por ciento de aprobación, reflejo de un desgaste prematuro para una administración que apenas caminaba. A partir de ahí comenzó una recuperación gradual que le permitió cerrar el año en 58.8 por ciento, sin lograr superar con claridad el nivel inicial de respaldo social.

En términos simples, después de más de un año en el cargo, Nahle está exactamente donde empezó. Ni más querida, ni más rechazada. Solo igual.

Sin embargo, esa medición activó de inmediato el aparato de propaganda y a los difusores a sueldo, encargados de vender la narrativa de que “Veracruz va mejor” y que la percepción ciudadana es cada vez más favorable para la gobernadora. El problema es que, fuera de las gráficas optimistas y los boletines triunfalistas, la realidad cotidiana sigue marcada por la falta de resultados tangibles.

La encuesta intenta maquillar un hecho incómodo, el gobierno no logra despegar. El desgaste llegó temprano y la recuperación no alcanza para hablar de un repunte sólido. La percepción pública no mejora porque los problemas estructurales siguen ahí, intactos.

Al final, la aprobación de Rocío Nahle parece más un electrocardiograma plano que una historia de éxito. Ni sube, ni baja: sobrevive. Y mientras el discurso oficial celebra décimas como si fueran victorias épicas, en Veracruz la gente sigue esperando que el gobierno haga algo más que aprender a leer encuestas. Porque gobernar con 58.8 por ciento en el papel es sencillo; lo difícil es gobernar con resultados en la calle.

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