En Xalapa, el luto por la muerte del muralista Melchor Peredo duró lo que tarda en encenderse una cámara. La gobernadora Rocío Nahle convirtió el deceso en un homenaje fugaz, seguido de un corte de escena inmediato y, sin transición ética, en la promoción de festivales oficiales, con comparsa de los titulares de Cultura y Turismo, Xóchilt Molina e Igor Rojí, respectivamente.

Con el mural de las Leyes de Reforma -inscrito en los muros del Palacio de Gobierno y trabajado con arraigo xalapeño por Peredo- como telón de fondo, el discurso institucional simula duelo. Pero la continuidad se fractura de inmediato. Del pésame a la agenda turística media apenas un parpadeo. Todo se deslizó cuando la memoria del artista deja de ser fin y se convierte en soporte de otro enunciado.

Sin pudor, Nahle García ofreció la reapertura del Palacio como “casa del pueblo”, calendario de eventos, Tianguis Turístico de Acapulco, festivales en el puerto y en Boca del Río. Todo encapsulado en el mantra cansino de “Veracruz está de moda”. La reiteración no construye sentido; lo impone.

El problema no es la promoción cultural, sino su uso como coartada. El homenaje se disuelve en un catálogo de eventos de bajo espesor simbólico, empaquetados para consumo inmediato. El duelo se trivializa cuando funciona como antesala de propaganda. La cultura deja de ser horizonte y se reduce a pretexto.

En esta puesta en escena, el poder no sólo administra, edita. Y en su montaje, incluso la muerte se vuelve insumo reutilizable. El saldo es un discurso donde el arte queda reducido a escenografía, el pésame a trámite y la política a espectáculo. Eso, al final, es lo verdaderamente “de moda” en Veracruz.

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