En Xalapa, la realidad urbana se desborda más rápido que las promesas oficiales, el llamado “Mercado Bicentenario” aparece no como política pública, sino como un artefacto ensamblado en los primeros días de la administración de Daniela Griego y operado por su ejecutor del “desarrollo económico”, Fernando Arana Watty.
La invitación institucional promete comunidad, arte, familia y desarrollo. Pero lo que emerge no es un proyecto sólido, sino una cadena de significantes vacíos: “economía circular”, “talento local”, “consumo responsable”. Palabras que flotan, que aparentan densidad, pero cuya materialidad se diluye frente a la precariedad estructural de la ciudad.
El evento -dos días, un parque, medio centenar de expositores- se presenta como estrategia itinerante de impulso económico. En realidad, es una postal efímera, un montaje donde el emprendimiento sustituye al empleo formal y donde la política pública se reduce a una feria de cuarta. La “cartelera cultural para toda la familia” no es más que el decorado simbólico de una administración que necesita exhibirse cercana mientras evade los problemas de fondo.
Arana Watty habla de “respaldo a emprendedores” con la ligereza de quien confunde promoción con desarrollo. Bajo su conducción, la Dirección de Desarrollo Económico parece operar más como agencia de eventos que como instancia de planeación. La repetición del esquema no corrige su fragilidad; la institucionaliza. La economía, reducida a stand, toldo y rollo.
Por su parte, Griego Ceballos -formada en la disciplina de la izquierda histórica- enfrenta aquí una contradicción insalvable: el tránsito de la política de calle a la administración del simulacro. La “cercanía y trabajo territorial” choca con la estetización de la gestión pública. En lugar de estructuras duraderas, se ofrecen experiencias; en vez de atacar las desigualdades, se administran percepciones.
El propio concepto de “economía circular” invita a reciclar, a reparar electrodomésticos, a llevar recipientes reutilizables. Gestos individuales que, aunque loables en lo micro, funcionan como desplazamiento semántico. La responsabilidad se traslada al ciudadano mientras el aparato institucional evade su incapacidad para articular políticas de gran escala.
La grieta es evidente. Mientras se celebra el “talento local”, la ciudad sigue enfrentando crecimiento desordenado, presión sobre servicios públicos y una economía informal que no necesita ferias, sino políticas integrales. El mercado -en su versión bicentenaria- no es origen ni solución; es síntoma.
Así, el Ayuntamiento no convoca a un mercado, convoca a una representación. Un espacio donde la política se disfraza de convivencia y la gestión pública se vuelve espectáculo. En la superficie, música, comida y reciclaje; en el fondo, la persistente incapacidad de una verdadera transformación.
Xalapa no necesita más escenarios, necesita estructura. Pero eso parece que está en griego con un gobierno municipal de cuarta.








