En política las acusaciones duran lo que dura la conveniencia. Y en Las Choapas, al sur de Veracruz, la coherencia parece haber pasado a mejor vida.

El protagonista del episodio es Jesús Uribe Esquivel, hoy presidente municipal. Pero hace no mucho su nombre estaba ligado a otra etiqueta mucho menos elegante: prisión, proceso penal y una sentencia condenatoria de 20 años que después fue revocada por un juez. Un giro judicial que, en la política mexicana, suele funcionar como acta de nacimiento para una nueva carrera pública.

Uribe Esquivel llegó a la alcaldía bajo las siglas de Movimiento Ciudadano. Hasta ahí, un capítulo más de la fauna electoral veracruzana.

El detalle incómodo es que quien lo había señalado públicamente por presuntos vínculos con la delincuencia fue nada menos que la gobernadora Rocío Nahle. Sí, la misma que hoy guarda un silencio tan espeso como sospechoso.

Porque ahora el alcalde sureño aparece arropado por Morena, el partido guinda que presume superioridad moral, aunque a veces la moral se ajuste según el tamaño del aliado.

Así que las preguntas sobran y las respuestas escasean: ¿Uribe Esquivel demostró su inocencia con pruebas contundentes? ¿Un juez limpió totalmente su historial? ¿O simplemente descubrió que en política cambiar de camiseta puede ser más eficaz que cualquier defensa legal?

Lo cierto es que el hombre que ayer era señalado desde el poder hoy camina dentro del mismo proyecto político. Y en ese tránsito, las acusaciones parecen haberse evaporado.

En Las Choapas ocurrió el milagro político del año; un presunto “delincuente” convertido en aliado.

La duda ahora es más incómoda que jurídica: ¿Rocío Nahle se equivocó cuando lo acusó o se equivoca ahora cuando lo cobija?

Porque en el Veracruz de moda, al parecer, la justicia puede estar a modo. La amnesia política apenas tarda lo que dura un cambio de partido.

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