En el Palacio de Gobierno, donde el mármol impone respeto y la política suele disfrazarse de solemnidad, hubo serenata. Y no cualquier serenata. “Las Mañanitas” afinadas con disciplina institucional para celebrar el cumpleaños a la gobernadora Rocío Nahle. La Banda “Panteras” del COBAEV Xalapa tocó música en vivo, puntualidad burocrática y entusiasmo administrado.

Porque en México el cumpleaños del poder no se deja al azar. Se organiza, se convoca, se ejecuta y se aplaude mucho. No es fiesta, es protocolo con ritmo. Una tradición que, bajo su apariencia inocente, funciona como ensayo general de lealtades.

Aquí no hay improvisación. La cercanía se agenda, la espontaneidad se coordina y el afecto se vuelve acto público. La escena parece cálida, pero el guion es frío; funcionarios, operadores y simpatizantes orbitando alrededor de la figura central, como si el pastel incluyera también un instructivo de adhesión.

¿Es cariño genuino o coreografía política? Difícil saberlo cuando el aplauso suena a trámite y la sonrisa parece parte del mobiliario. La música deja de ser música cuando cumple función, marcar el compás del poder. Y cada nota, lejos de ser celebración, se vuelve evidencia.

El cumpleaños deja de ser privado en cuanto entra al patio oficial. Ahí, la persona se convierte en símbolo y ello en centro de gravedad. Se humaniza lo suficiente para parecer cercano, pero se sacraliza para no perder distancia.

Al final, la escena funciona, todos entienden el mensaje sin necesidad de decirlo. Hay orden, hay disciplina, hay fila y hay canción.

Porque en Veracruz, como en buena parte del país, hasta las mañanitas vienen con carga política y afinadas en tono de obediencia.

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