En Veracruz la política y la realidad no se explican, se maquillan. Y cuando el maquillaje no alcanza, se ensaya. Ahí está el más reciente montaje, donde la gobernadora Rocío Nahle y el gobierno federal ejecutaron -con precisión casi coreográfica- su rutina de “nado sincronizado” frente al derrame de petróleo en el Golfo de México.

La puesta en escena arrancó con un barco privado como villano, contratos heredados del pasado como coartada y corrientes marinas como cómplices. Pemex fue presentado como espectador accidental de un desastre ajeno. Todo sincronizado, todo conveniente. Pero la realidad rompió la rutina.

Petróleos Mexicanos terminó reconociendo que el derrame no vino de fuera, sino de dentro: una fuga en sus propias instalaciones, detectada desde febrero y administrada con la vieja receta institucional -ocultar, retrasar, minimizar-. Es decir, exactamente lo contrario de lo que se dijo durante semanas.

Según el director de la empresa estatal, Víctor Rodríguez Padilla, los reportes no llegaron, los mandos “no fueron informados” y la operación que, pese a su magnitud, fue minimizada como si se tratara de un incidente menor. Las bitácoras, sin embargo, cuentan otra historia: presencia de hidrocarburo desde el 6 de febrero, localización de la fuga dos días después, reparación tardía y un cierre de válvula que llegó ocho días tarde, en los que el petróleo no esperó comunicados.

Pero si faltaban contradicciones, en marzo se negaba la fuga mientras el crudo ya alcanzaba las costas del Golfo de México; más de 350 metros cúbicos de residuos fueron manejados sin claridad; y once embarcaciones participaron en la contención de lo que públicamente se redujo a unas cuantas “gotitas”. Porque claro, nada más discreto que movilizar media flota para tapar un “lagrimeo”.

Sin embargo, el patrón no cambia. Primero negar, luego matizar y al final admitir lo inevitable cuando la evidencia rebasa el discurso. Así opera la narrativa de la llamada cuarta transformación, donde la verdad suele llegar tarde y a regañadientes.

Hoy hay funcionarios apartados y expedientes abiertos, pero el problema de fondo es que hay una estructura de gobierno más preocupada por controlar daños mediáticos que por asumir responsabilidades reales.

En Veracruz no solo se derramó petróleo, se derrama la credibilidad de la señora Nahle y se abusa de la mentira.

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