El guion oficial de la victimización en Veracruz no descansa. Apenas el petróleo decidió arribar a las playas del estado, la gobernadora Rocío Nahle García activó su propio filtro solar: uno diseñado no para el sol, sino para las críticas. Y así, fiel al libreto, reapareció no sólo para explicar el episodio del hidrocarburo, sino para repartir calificativos: “simuladores” y “golpeadores” a quienes, desde su óptica, eligieron el micrófono antes que la pala.
En entrevista radiofónica -ese cómodo santuario donde la realidad suele llegar editada- la mandataria delineó una respuesta casi ejemplar: ciudadanía, pescadores, ayuntamientos, gobierno estatal y la disciplinada Secretaría de Marina coordinados en una coreografía institucional digna de boletín. Una escena épica de no ser porque el elemento disruptivo seguía ahí, flotando con terquedad: el hidrocarburo proveniente del Golfo de México.
Rocío Nahle insiste en minimizar daños: turismo intacto, playas funcionales, ambiente controlado. El chapopote -en sus múltiples “presentaciones”, como si se tratara de una cata gourmet- quedó reducido a una imperfección visual, un tropiezo estético en el paisaje costero.
Pero la otra marea llegó desde la política. La gobernadora dirigió sus señalamientos a la oposición acusándola de lucrar con la contingencia. Más redes sociales que esfuerzo físico, más declaración que acción. Un señalamiento que no desentona salvo por un detalle: en el ecosistema político de Morena, la simulación no es excepción, es norma compartida.
El argumento se repite con litúrgica; los críticos no estuvieron, no ayudaron, no recogieron. Sólo señalaron. Y exageraron al hablar de playas devastadas o ecocidio. Desde el gobierno, la respuesta fue desactivar la alarma, asegurar supervisión ambiental constante y cerrar filas en torno a una realidad más conveniente.
El desenlace tampoco sorprende. Reconocimiento al “pueblo que sí responde” y reafirmación de la capacidad institucional. Veracruz, nos dicen, no sólo contuvo el hidrocarburo, también resistió el embate mediático.
Al final, en esta historia de mareas cruzadas, el derrame más persistente no es el que llega del mar, es el que se construye desde el discurso. Y ese, a diferencia del otro, no se limpia con brigadas.







