“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, reza la vieja y sabia conseja popular que hoy parece escrita a la medida de Rocío Nahle. Basta recordar las incontables veces en que la hoy gobernadora de Veracruz presumía, pecho inflado y mirada severa, que su gabinete era “de primera” y que trabajaba “mucho, muchísimo”, para entender que, cuando se presume tanto, generalmente es porque no hay mucho que mostrar.
Las frases hechas -recicladas hasta el hartazgo y desprovistas de cualquier atisbo de creatividad- suelen ser el refugio predilecto de quienes exhiben una estatura política tan reducida como su capacidad de autocrítica. Así ocurrió ayer durante la “conferencia bananera”. Una pasarela de aplaudidores a sueldo, la mayoría no sabe ni escribir -en sentido profesional, claro-, entre preguntas a modo, insustanciales o diseñadas exclusivamente para hacer lucir a la “gobernanta”. En ese escenario, Nahle montó su conocido numerito: ceño fruncido, tono airado y un regaño público a funcionarios del sector salud por no haber cubierto el bono a los trabajadores.
En castellano simple, la gobernadora aplicó sin pudor la “política de la gallina”: defecar a los de abajo para salir limpia frente a la opinión pública. A los funcionarios los exhibe y sacrifica; a los reporteros que sí cuestionan, les habla con voz melosa, como si la suavidad del tono pudiera ocultar su elegante “modito”. El problema es que, actuación aparte, la escena vuelve a confirmar lo evidente: la ineficiencia y la incapacidad campean en “muchos, muchísimos” -como le gusta exagerar cuando intenta impresionar- de los integrantes de su gabinete.
Aceptar errores no es precisamente una virtud de la ingeniera gobernadora. Reconocer que se equivoca implicaría admitir que en Dos Bocas no sólo hay olor a petróleo, sino tufos persistentes de corrupción; o peor aún, aceptar que Andrés Manuel López Obrador no es el santo laico de la política nacional, sino un marrullero consumado. Y eso, para Nahle, sería imperdonable.
Así que seguirá regañando hacia abajo, sonriendo hacia los lados y presumiendo lo que no hay. Porque en Veracruz, como en su gobierno, el problema no es la falta de bonos ni de discursos pomposos. Sobra el cinismo, la ausencia de resultados y un telón que apenas comienza a levantarse para mostrar lo que aún falta por descubrir.







